Premio Internacional Poesía en Paralelo Cero 2018

VEREDICTO DEL CONCURSO INTERNACIONAL DE POESÍA PARALELO CERO 2018

Quito, 30 de diciembre de 2017

El Jurado del Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2018, conformado por cinco poetas de reconocida trayectoria en el mundo de las letras hispanas: Raquel Lanseros de España; Alex Lima de Ecuador; Lizette Espinosa de Cuba, Jorge Gomez de Ecuador (Premio Nacional Paralelo Cero 2017) y Juan Carlos Olivas de Costa Rica (Premio Internacional Paralelo Cero 2017), luego de haber realizado una atenta y detallada lectura de los 76 libros inéditos presentados a concurso, escogió 21 libros como semifinalistas. Y más tarde redujeron el grupo a los 6 finalistas siguientes:

ALMANAQUE BRISTOL de PIERRE POLI
BAJO EL CIELO CENIZA de THE LU
CUARTETO ELEMENTAL de SIVITSI SIERRA
EL ABISMO DE LOS DEDOS de PAUL VARJAK
MI CUERPO AJENO de FILOMENA GUERARDI
SENTAR LOS MUERTOS A LA MESA de ROBINSON CRUSOE

El Jurado evaluó los libros escogidos y luego de una reñida y ajustada selección, resolvieron lo siguiente:
Otorgar el Premio Paralelo Cero 2018 al libro Cuarteto elemental de Sivitsi Sierra
Otorgar una Menciòn de honor especial al libro Bajo el cielo ceniza de The Lu, que terminó como primer finalista del concurso.

A decir del jurado:

Cuarteto elemental, mantiene una coherente unidad estructural como poemario al tomar de forma lúdica los elementos como excusa para ir forjándose un universo propio, profundo y muy original, donde las imágenes son acertadas ya sea en frases cortas cargadas de emotividad o en poemas de largo aliento escritos en prosa. El poeta, va guiando al lector en cada texto, y lo hace reflexionar ante la presencia inexorable de la muerte, el devenir de las ciudades imaginadas, la casa del hombre donde habita el vacío, la memoria de las piedras, el amparo de las hojas que agita el caminante. Cuarteto Elemental es una apuesta por la nostalgia y esos no lugares donde pretendemos volver. Posee una fuerza verbal difícil de obviar y una plasticidad que nos logra atrapar desde los primeros versos.

Por otra parte, sobre el libro del primer finalista, en opinión del jurado: 
Bajo el cielo ceniza, es un poemario finamente hilado que se instaura dentro de la tradición del neobarroco. Entrelaza personajes con locaciones e imágenes desbordantes y metáforas siderales.

Una vez abierto el archivo de datos, el autor ganador es HÉCTOR CAÑÓN HURTADO, de Colombia.

Bogotá, 1974.

Poeta y comunicador. Se ha perdido en recovecos de América Latina y Medio Oriente con lápiz y papel en mano. Ha escrito para los principales periódicos y revistas de Colombia y también del estado de Guanajuato (México). En 2013 fue asesor del Diario La Prensa de Honduras. Fue finalista del concurso de cuento “El Brasil de los sueños (2008)”. En 2009 ocupó el segundo puesto en el concurso de Conservación Internacional con un reportaje ambiental sobre especies en vías de extinción. Su texto “De primerísima mano” fue seleccionado en la antología de crónica bogotana (1986-2006), editada por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, en la colección de Libro al Viento. Es autor de los libros de crónica “En la intimidad de sus bibliotecas” y “Hazañas colombianas” de Editorial Norma (para la que también trabajó como editor ) y de los poemarios “Los Viajes de la Luz” y “Antes de las olas, el agua” de El Ángel Editor. Algunos de sus poemas han sido traducidos a inglés, italiano y esloveno.

El primer finalista es el poeta JOSÉ LANDA de México:

Escritor, pintor y periodista (Campeche, México 1976). Autor de 14 libros publicados en México, Guatemala, España, Brasil y Canadá como La confusión de las avispas (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México 1997), Navegar es un pájaro de bruma –bilingüe francés-español– (Ecrits Des Forges, Québec, Canadá 2010), Sonidos como cascos de un galopar –bilingüe portugués-español– (Selo Sebastiao Grifo / Mantis, Guadalajara / Sao Paulo, México / Brasil 2010), Tribus de polvo nómada (Editorial Renacimiento, Sevilla 2011) y Ciego murmullo de ciudades portuarias (Editorial Cultura, Guatemala C.A. 2011). Incluido en más de 20 antologías dentro y fuera de su país como el Anuario de poesía (Fondo de Cultura Económica, México 2005), Un orbe más ancho (UNAM, México 2005), Festival de Narració Oral d’Altea –bilingüe: español-valenciano– (Ed. Enconte, Alicante 2010), Ojos que sí ven (Ed. Corona del sur, Málaga 2010), Narrativa social al margen (Ediciones Al Margen, Valencia, España, 2011), La alquimia del agua (Universidad de Huelva, España, 2012), Alquimia de la tierra (Universidad de Huelva, 2013), Antología general de la poesía mexicana Vol. II (Océano, México, 2014), Alquimia de la sal (Amargord Ediciones, Madrid, 2015), La calle que tú me das (Cuadernos La Guelguera, Las Palmas de Gran Canaria, España, 2016), Palabras en la niebla –cuentos– (Editorial Verbum, Madrid, 2016), entre otras. Desde 1992 ha obtenido más de 40 reconocimientos nacionales e internacionales como el Premio José Gorostiza 1994 (Tabasco, Méx.), Internacional Cd. de Lepe (Huelva, España), Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (Guatemala 2010), Premio Nacional de Cuento de la UADY (Mérida, Yuc., 2010), Premio Internacional Caribe Isla Mujeres (Quintana Roo, México, 2015); finalista en los premios Internacional Tardor de Poesía 2010 (Castellón, España), Internacional de Relato Vivendia 2010 (Ediciones Irreverentes, Madrid), Internacional de Poesía Paul Beckett 2010 (Almería), en el Premio Internacional de Cuento La Felguera 2015 (Asturias, España) y en el Internacional de Narrativa Novelas Ejemplares 2016 (UCCM-Verbum), entre otros. Ex becario dos veces del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) del Gobierno de México. Dirige Revista Morbo y Ediciones Morbo.

 

Premio Nacional Poesía en Paralelo Cero 2018

VEREDICTO DEL CONCURSO NACIONAL DE POESÍA PARALELO CERO 2018

Quito, 30 de diciembre de 2017

Por segunda ocasión, en la historia del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero se ha dado un empate a la hora de la decisión final. Los libros Perros de niebla y La memoria de Argos, firmados por Telmo Román y Tarso se hicieron acreedores al galardón. Los poetas ganadores son el imbabureño Edison Navarro (1983) y el quiteño Christian Zurita Estrella (1993).

El Jurado del Premio, conformado por tres poetas de reconocida trayectoria en el mundo de las letras hispanas: Javier Bozalongo, de España; Andrea Cote de Colombia y Carlos Aldazábal de Argentina, fue por primera vez internacional, por celebrarse la primera década del Encuentro de Poesía Paralelo cero, a celebrarse del 18 al 24 de marzo de 2018. En dicho evento se premiarán a los dos poetas y se presentarán los dos libros. 
61 libros llegaron al concurso. El jurado escogió 16 libros como semifinalistas. Y más tarde redujeron el grupo a 8 libros, de los cuales se desprendieron los 5 finalistas a quienes decidieron mencionar y sugerir sus publicaciones, debido a la altísima calidad de los libros presentados. 

Edisón Navarro (Cotacachi – Ecuador, 1983) es comunicador social. Ha realizado estudios en preparación actoral en la Casa Malayerba. Textos suyos aparecen en revistas, antologías y selecciones poéticas dentro y fuera del país. Ha publicado DES-HABITADO; Jaguar Editorial 2012, UMBILIKAL, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Imbabura: Colección de poesía “José Ignacio Burbano”. 2011.

Christian Zurita Estrella (Quito, 1993) es comunicador social para el desarrollo. Gestor de proyectos, locutor radial y relacionista público, fue reportero en la Revista Utopía. formó parte del grupo de poesía El tornillo. Ha publicado el libro: Siempre fue la lluvia (El Angel Editor, Col. Opera Prima, 2017). Voluntario en el COVI (Centro Opción de Vida), imparte talleres de oratoria y poesía en la comunidad quichua-hablante de San Diego.

Los libros finalistas y sus autores son: Primer Finalista: Tránsito y fulgor del barro de Anibal Fernando Bonilla (Otavalo, 1976); Segundo Finalista: Nos ha crecido la hierba de Juan Suárez Proaño (Otavalo, 1993) y Tercer Finalista: Los desperdicios del polvo de Santiago Grijalva (Ibarra, 1992).

 

 

Acariciar delirios de Alfonso Bravo

Acariciar delirios
Alfonso Bravo
p.p 109
2017

 

Alfonso contra ataca
La palabra como lugar del exceso y las quimeras

Por: Jorge Luis Bustamante Álvarez

Pero de mí no te fíes,
pues si duermes,
en el sueño de amor habrá confesiones.
 
Alfonso Bravo

En este libro habitan “los alfonsos”, indudablemente está el Alfonso psicoanalista que se deja ver entre versos, el Alfonso Pink Floydiano, que descubre al lado oscuro de la luna  y por su puesto el Alfonso amante del Barcelona, que de día vivirá, pero sobre todo este nuevo Alfonso poeta que va desnudando un lenguaje necesariamente transgresor y profundo.

Este libro de poesía que se divide en una suerte de ocho cuadernillos guarda entre sus hojas misterios e incertidumbres, se deja sentir como el tacto de un recién nacido, como la primera vez que tocamos el mar y nuestra piel se eriza, como la soledad que queda después del día de oficina.

El poeta nos dice: “Por eso las camas no son lenguas muertas, ni lo clandestino es una quimera” dividido en discursos sociales, vueltas hacia el uno mismo que somos, dejando a rienda suelta la ironía, el dolor y la nostalgia hay una mujer de por medio en los versos de Bravo.

Es cierto que en el discurso del amor siempre existirán lugares comunes, el malestar, la nostalgia, el humor que enfrenta al dolor, el erotismo, la exaltación. Y es verdad también que siempre cuando comenzamos a hablar ya sea de política, de religión, de los buses y sus peripecias para rebasar al tráfico, terminamos hablando de amor.

Sobre este amor descansa la idealización de ese objeto amado y la premonición del vacío, esa especie de halo que nos empuja a preguntarnos ¿qué será?, esa manera de hacer y de hacernos imposibles ante ese objeto amado, de hacernos trizas y recogernos en pedazos, o hacernos simplemente palabra. El libro de Alfonso Bravo se vuelve el lugar preciso donde reposan estas exaltaciones, este lugar de excesos y de absurdos, de imposibles y quimeras, de mentiras sensatas, como diría el cantautor Javier Krahe. Este sitio en donde los lugares comunes se han vuelto poesía y el autor se desnuda ante la imposibilidad.

Es en la metáfora en donde se encuentra el contacto con el sentido del no ser, de lo que no pasó, del deseo en sí. Y en los versos de Bravo se distingue esta capacidad de engañarnos, de dejarnos preguntando que siguió después, será esto cierto. Como diría Joaquín Sabina: La verdad es solo un cabo suelto de la mentira y Alfonso lo sabe muy bien.

Mantengo varios romances, casi todos son conmigo, me recuesto, me abrigo, a ver si así tengo chances, dice el autor. En la poesía de Alfonso dialogan la ironía, el recuerdo, la memoria y el humor. Es una especie de explosión que no se encuentra comúnmente al abrir cualquier tipo de poesía. En algunos versos, prosas y relatos se deja leer esa astucia del autor, por ejemplo cuando dice: La diferencia entre una silla tántrica y un diván, es que en la una se practica el sexo, en el otro se habla de él.

No hay duda que este libro nos invita a ser leído desde sus primeras, nos abraza con la palabra, dando a entender como esta se vuelve un sitio del cual no podemos escapar, creando este azar en cada verso en donde podemos encontrar a nuestra subjetividad, identificarnos en ese discurso, habitarlo.

La poesía sin duda posee lugares comunes porque indudablemente está inscrita en un discurso de lo cotidiano y la labor del poeta es transformar a estos lugares comunes en algo que trascienda o transgreda a lo políticamente correcto, aquí se encuentra Bravo, luchando en ese territorio de la costumbre para hacerlo algo más, para transformarlo, deshacerlo y volverlo a construir. Alfonso, que la fuerza te acompañe.

 

Selección de poesía

Retornos

Apostemos que la infancia no se mata con los años,
que los niños que ahora juegan, con botones, con encierros,
no se olvidan de la bola, de las llantas y sus perros,
apostemos que al futuro se lo llena con antaños.

Apostemos que la vida retrocede con el tiempo,
que el amigo envejece cuando el recuerdo se ha ido,
cuando la bronca y los brindis son tragados con olvido,
apostemos que la vida, es travesura y templo.

Apostemos que el pasado es un paso adelante,
que el presente es una vuelta a las juergas y sonetos,
el retorno a los caminos, chaquiñanes, vericuetos,
apostemos que un amigo es un destino constante.

Y ahora apuesto a los míos, que sorprenden y que abrigan,
los que lloran y han reído, sin pregunta ni medida,
se divierten y se enfadan, al regreso y a la ida,
los que dicen que un mañana es memoria y me lo digan.

Es a ellos, los del barrio, coros, letras y bebida,
los del cielo, de la tierra, de distancia y cercanías,
los que siento a mi costado, en uno más de mis días,
los que arden en mi muerte como parte de mi vida.

La costumbre del cadáver

Que del pecho solo arcada,
pues vomita mis suspiros,
que el mundo se cae a tiros,
solo hay muerte en emboscada,

hoy respiro podredumbre,
en el cielo un color rojo,
en la tierra mi despojo,
en mi amar solo hay costumbre,

la costumbre del cadáver,
la paciente decadencia,
que me envuelve con su esencia,
que me hace más estable.

Veo luz, sin fin ni túnel,
más mi carne va dejando,
un pedazo por peldaño,
y mi sangre todo cubre.

No te encuentro, y me he encontrado,
a la sombra de algo inerte,
ojalá, con mejor suerte,
que esta vida hayas salvado.

Coitus interruptus

Mantengo varios romances,
casi todos son conmigo,
me recuesto, me abrigo,
a ver si así tengo chances.

Ni un Tomás, menos Teresa,
levedad insoportable,
despiadada, poco amable,
de un ser ya con pereza,

de tu ser quiero contarte,
con un toque una caricia,
de mujeres la delicia,
su millonésima parte.

Pero el rumbo sigue incierto,
más que un juego imaginario,
Casanova en solitario,
miembro erecto de algún muerto,

con el réquiem al destino,
mientras hiede podredumbre,
dice adiós, como es costumbre,
el intento libertino.

Baudoin, Magela

Bolivia, 1973.
Periodista, escritora y profesora universitaria.

A lo largo de sus 20 años de carrera periodística, ha publicado artículos, reportajes, entrevistas y columnas en diversos diarios, semanarios y revistas de Bolivia como La RazónLa Prensa o Nueva Crónica.Posee una maestría en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial y una especialización en Comunicación Corporativa. Ha sido fundadora y coordinadora del programa de Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz.

En su primer libro, Mujeres de costado (Plural, 2010) reúne entrevistas a mujeres controversiales bolivianas, en las que mezcla recursos periodísticos y literarios. Con El sonido de la H (Santillana, 2015), ganó el XVI Premio Nacional de Novela Alfaguara en 2014, y con La composición de la sal (Plural, 2014) recibió el Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015.

Fadir Delgado Acosta

Barranquilla, 1984.

Poeta y escritora. Autora del libro La Casa de Hierro, 2002 y de El último gesto del pez, 2012. Sus textos han sido publicados en diferentes revistas literarias nacionales e internacionales. Invitada a distintos festivales y encuentros culturales en su país y en el extranjero. Ganadora de una Residencia Artística en Montreal por parte del Ministerio de Cultura de Colombia y el Consejo de Artes y Letras de Quebec, en el área de literatura, 2012.

Ganadora de una convocatoria internacional de la Oficina de la Juventud de Québec para participar en un intercambio literario en esta Provincia. Ha recibido reconocimientos como Joven Sobresaliente en el Campo de las Artes en Barranquilla, 2010, y ocupó el primer lugar en poesía en la VI Bienal de Noveles Escritores Costeños que se realizó en Barranquilla, 2002. Es tallerista literaria, gestora cultural y coordinadora de proyectos de la Fundación Artística Casa de Hierro en Barranquilla desde la cual lidera proyectos culturales en el espacio público y en los centros de reclusión. Actualmente está invitada al VIII Encuentro Internacional de Poesía en Zamora, Michoacán, México que se realizará en el mes de junio 2014, del 13 al 15.

Rosa desbocada de Ana María Iza

Rosa desbocada
Ana María Iza
p.p 168
2017

Rosa desbocada de Ana María Iza
Por: Catalina Sojos

La carta que inicia este libro es un golpe, como los golpes de Vallejo. Urgente, despiadada, suplicante y cierta, con la certeza que conmina la premonición de la muerte, Ana María insiste en su grafía con un portazo hacia la vida.

Y ya que el ejercicio de la lectura no es nada más que un placer individual y subjetivo, nos acercamos a esta puerta, como cuando nos guiamos por la luz en la semioscuridad de una gigantesca catedral.

Esa sensación aterida de la puerta entreabierta. Ese caminar en puntillas sobre el silencio. Ese presentir el murmullo de las bocas abiertas y ese sospechar la fragancia de las rosas, más allá del ojo de la cerradura.

Hacemos intentos de separar la vida de la obra y dejar atrás la cantidad de anécdotas que quedan enraizadas en la memoria. Con esas raíces de la nube negra que canta Joaquín Sabina cuando, en estos despiadados días, recibimos, cotidianamente, noticias de la muerte. Hacemos hincapié en distraernos de la primera fila, del asiento de vagón que nos espera. Volvemos nuevamente a disfrazar las voces del pasado, cuando Ana María llegó como un tsunami a nuestra poesía.

Y no lo logramos. Sin embargo, guardamos silencio sobre nuestros íntimos recuerdos y continuamos con la lectura de un prólogo, escrito desde el corazón del amigo, que no logra acallar su dolor y escribe como un susurro y describe como un grito su experiencia personal con la Poeta.

Aquella que temía el mar y soñaba con olas gigantescas, que inventaba pañuelos y metáforas, la misma que se metía en nuestra voz y nos obligaba a recitar sus textos, la mujer que pulía su corazón entre las piedras y a la que hacíamos un intertexto como homenaje en nuestra poesía; la Maestra de los inicios, la que obligaba a abrir ventanas y miradas, la que hoy regresa para conminarnos a leer su poesía. Y no necesita hacerlo.

Porque ella vivió en Poesía. Porque fue amada por la Maga, la hechicera. Porque acercarse a todos y cada uno de sus versos, línea a línea, es descubrir el núcleo de su existencia.

“No me busques me decía un gran poeta, me encontrarás en cada libro escrito de mi puño y letra”

Así, con el puño cerrado ante su propia vida, Ana María escribe desde el éxtasis de vivir. Cada texto es una rosa desbocada. Una explosión de pétalos.

Todo requiere a su palabra. Lo cotidiano y fugaz, el borrador de la escuela, una funda de papel, la refrigeradora, es decir todo aquello que hace de nosotros la evidencia falaz de nuestro paso. El fraude entre dos puertas.

AQUEL/ Daba ganas de morderlo y lo mordían/ mis dientes futuros cazadores/encajada en su blancura la delicia/de saciar en su piel mis travesuras.

Como aquel no decía ni pio/feroz le atacaba/en mi memoria desde siempre vive/desnudo/blanco/mi borrador de queso de primer grado/y mis dientes de leche abatidos/ a dentelladas.

La despiadada ternura, el erotismo y la ironía. Hitos en la poesía de Ana María.

línea a línea, verso a verso.

mis dientes de leche/ abatidos a dentelladas. Blanca, pura, dura, cada palabra define la infancia.

Y la poeta ensaya su escritura “con una verde hoja, clavada en mi garganta”   esa lanza que la obliga a toser permanentemente.

Y nuevamente su letra angulosa sobre el papel de escuela, sobre la agenda de su cama. Otra vez las fotos escaneadas de su agonía.

“…/en orgía feroz las letras danzan…/”

Los viajes, los regresos, los extrañamientos de “las montañas cobrizas, los cordeles del viento percudidos/ y las calles torcidas en el alma”

Tenaz y precisa, la poesía de Ana María Iza mantiene su ritmo, ese implacable trajinar sobre el texto en la búsqueda de la palabra exacta; aquella que no existe.

Y una vez más la parodia; la caricatura, el humor y el sarcasmo.

PRODIGIOS “/…existen masteradas/las Harvard/los prodigios/Pero yo encontré /el secreto de convertir el oro en agua/Solicito mi reconocimiento/ la patente, por la futura inundación/mañana…/”

“La memoria da contexto a lo que somos y a lo que vemos” asegura Alberto Manguel así, en este libro no faltan las fotografías, los amigos más cercanos, los viajes, los testimonios de aquellos que la amaron.

Obviamente callamos y no aparecemos otros. Esos que, igualmente, la seguimos, la leímos y estudiamos.

La mayor locura es desaparecer de la mesa del sombrerero loco. Ese convite en el que Alicia y su País de Maravillas se evaporan en la poesía. Desde nuestro cancel en la estantería invisible, seguimos disfrutando y exorcizando su lectura.

Definitivamente este libro póstumo de la amiga Poeta es una joya. Esa poesía que reverdece con cada repaso de sus textos. 166 páginas espejos y reflejos de aquella que amó y que nos hizo legatarios del viento.

“…/ porque soy la heredera de la nieve y el frío/ aprendí a hacer hogueras frotando mi corazón entre las piedras…/

Concluimos: hace algunos años, en el prólogo a su antología poética publicada en la Casa de la Cultura Ecuatoriana en la colección Poesía Junta, afirmamos:

“La poesía de esta mujer asombra, por su capacidad y dureza simbiótica, porque sus versos rotos y vivos quebrados e íntimos, advienen a la lectura con una carga humana poderosa”…/ cada libro tiene un designio: el conjunto de la obra de un poeta debe poseerlo y parece ser que el designio de la poesía de Ana María Iza es traspasar los límites del fuego en las palabras”

Incandescente con esa luz quemante del vacío, su poesía nos obliga a deshojar, junto a Lorca, sus “labios como pétalos” de su rosa desbocada.

Selección de poesía

La maleta

Nunca amé más a una maleta:
abrazadas las dos tras un armario
con miedo a que despierten en la pared los retratos
raros;
parecíamos dos niñas pequeñitas
aturdidas de susto y sobresalto

Ella
al fondo descosida
yo
los labios apretados

Ella
una mota de polvo en la mejilla
de su cutis de raso

¿dónde andará ahora mi maleta…
hoy que tengo de nuevo los labios apretados…?

Dejémonos de pailas

Ya no tengamos miedo
La verdad es sencilla
Limpia como una tabla
Nuestro único destino seguro es el infierno.

Allí es la inacción
ahí no existen llamas ni pailas de dolor.
El insomnio termina
Ahí todo es silencio
El frío escampa
Vence el olvido
El odio, el amor han perecido
El proyecto se fue
Llegó la calma

Es nuestra última casa
Donde alguien puso una rosa
y el viento, que pasaba muy lento, deshojó.

¡Rosas!

Las quiero en el jardín no en los jarrones.
Rojas de rabia si un espino las hinca.

Bebedoras del cáliz.
No las acepto mudas
estáticas,
en espera que el viento las sacuda.
las grite
Pero tal vez las noches se vuelven periodistas

Dinámicas
audaces
en las primeras planas del cosmos
publican los motines.

De todos modos en vez de rosas
Prefiero chocolates rellenos de vodka

¡Gracias!

La copa

Al fondo de la copa
cristal de otro labrado
cereza enmascarada
el hielo como luz.

Brilla la piedra abstracta
Burbuja de algún sueño.

Ex- brillo
rastro sin rostro
retrato en negro y negro
recuerdo intrascendente
común hasta el olvido.

Al fondo de la copa:
Yo.

La composición de la sal de Magela Baudoin

La composición de la sal
Magela Baoudoin
p.p 120
2017

Dos reseñas del libro “La composición de la sal” de Magela Baoudoin

¿Qué hace de un cuento un cuento?
Por: Eduardo Varas

A Magela Baudoin la conocí hace aproximadamente un año, en una mesa que compartimos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Ahí, ella habló sobre esa falsa modestia de algunos escritoras o escritores (entre los que me incluyo) de no aceptarse como escritoras y escritores, como si al hacerlo estuviesen cometiendo un error o entrando en un terreno de ego innecesario. Ella lo dijo sin problema, como un acto de reconocimiento natural, de certeza, que se quedó dando vueltas en mi cabeza.

La aceptación como escritor es el primer paso para hacer algo, para crear algo, para decantarse por la escritura. Ella lo sabe, “La composición de la sal” es la prueba de esa realidad. Magela Baudoin es escritora, se asume como tal, y nos entrega un libro que ha sido alabado por un premio importante y por muchos lectores, quienes compartimos su entendimiento de la narrativa, su deseo de construir cuentos que se desarrollan incluso en niveles más profundos de lo que la propia escritura hace. Las cosas que se cuentan en “La composición de la sal” tienen su cierre por debajo de sus líneas, incluso luego de finalizar la lectura.

Ser escritor (en este caso, ser escritora) es hacer que la lectura se quede en alguien incluso después de leer.

“La composición de la sal” reúne 14 cuentos en los que las historias, esas excusas narrativas, nos hablan de algo más humano, lo que nos guardamos, lo que se resuelve en más de dos o tres páginas. Son momentos, fragmentos de un recorrido mayor. No vamos a llegar a una meta, la meta es ajena, distante, innecesaria; incluso cuando la anécdota se resuelve. Para Magela Baudoin el cuento es cuento cuando consigue llevarnos, como lectores, a esos personajes, a esas realidades alternas de la ficción, para entenderlos, ponernos en sus zapatos, asumir sus decisiones. La obra de Magela es la obra de la empatía como un ladrillazo en la cara. Un cuento es un cuento cuando en pocas páginas consigue volver en parte de nuestras vidas sus dinámicas internas.

Esos seres de papel son reales, son como nosotros, incluso los que no se parecen a nosotros, tienen deseos, aman, lloran, tienen miedo, aspiraciones, se enfrentan al miedo, se consumen, no se deciden, intentan ser felices, sosegarse…

En ese sentido, quisiera referirme a dos cuentos en particular. Si me pongo más escrupuloso podría tomar cualquiera de los relatos para desentrañar ese universo empático y profundo del que me refiero, pero me quedo con dos por razones más que obvias. “Amor a primera vista” abre la colección y aquí tenemos una pareja dispareja que decide vivir juntos por las circunstancias que encuentran en el camino y que, a pesar de la desazón de esa convivencia, no conocen otra manera de estar, de ser, de existir. El cuento se cierra con una pregunta, no leemos la respuesta, pero no necesitamos saberla para entender que los personajes necesitan estar ahí, acompañándose, aunque el placer parece escapárseles ante sus narices. Nos identificamos con ellos, podemos ser ellos y eso que viven y que guardan. Los personajes de Magela, así como sus historias, viven ese secretismo porque nadie sabe quiénes realmente somos y a veces a nosotros mismos nos cuesta entender quiénes somos.

Pero es en “La composición de la sal”, el cuento que le da nombre al libro, que eso que no se dice, que se insinúa, nos permite entender la maestría de esta escritora, a la que Silvina Freira, de Página 12, ha definido como una mezcla entre Alice Munro, Antón Chéjov y Silvina Ocampo. Un hombre ya grande, anciano, con nietos, no puede parar de llorar y no sabe por qué, cree entenderlo, sabemos que en momentos duros –como la muerte de un hijo pequeño– no ha llorado y que ahora, de golpe, no puede parar de hacerlo. Siente que algo le pasa, visita a médicos, le dicen que es normal, que no se preocupe. El hombre no quiere volverse débil ante los ojos de los demás, no puede, es un hombre. En su soledad cree encontrar una respuesta, la que todos hemos pensado a lo largo del relato: pero no, hay algo más, siempre hay algo más. Ese algo es lo que complejiza a los personajes y los convierte en construcciones reales. El título “La composición de la sal” hace referencia a ese artefacto que nos podría hacer bien, a ese salto de fe, pero sobre todo a aquello microscópico, esos elementos que no son visibles con facilidad, pero que conforman un todo.

No es el iceberg de Hemingway, no.

Son superficies interminables que nos van dando más detalles de la vida, a medida que avanzamos en la lectura.

 

El sabor que esconde la sal
Por: Gary Daher

Magela Baudoin es autora de un libro que ha llamado “La composición de la sal”, mismo nombre con el que aparece uno de los catorce cuentos que hacen a esta propuesta literaria.

Y es sin duda una propuesta valiosa, ya que incorpora una voz distinta en el diálogo que se plantea en la narrativa boliviana, pues los cuentos que este libro presenta tienen en general una manera de narrar que guarda para sí, para la autora, otros relatos que no se dicen, que no se hablan, a la manera quizás del poeta José Carlos Becerra.

Escuchamos por unos instantes a Becerra para crear el ambiente:
Esta noche hay algo tuyo sin mí aquí presente,
y tus manos están abiertas donde no me conoces.
Y eso me pertenece ahora;
la visión de esa mano tendida como se deja el mundo que la noche no tuvo.
Tu mano entregada a mí como una
adopción de las sombras.

Diremos además que los cuentos parecen emerger de historias reales, relatos verídicos que parecen deformados para ocultar cosas que acaso se dicen sin decir, se dicen para sí misma, para la autora, sin transmitirse, apenas sugiriendo líneas, creando en el lector un sentimiento de cierta angustia que hace a la esencia misma de los cuentos que, como la sal, ocultan el sabor esencial de los alimentos.

La prosa de Magela Baudoin corre líquida, clara, como si intentara lavar un universo psicológico terrible hecho de memorias.

En muchos de los relatos, elementos como la enfermedad, la muerte, la soledad, son dichos como rasgos de la fragilidad de la vida que sin embargo se levanta, a sabiendas de su pronto derrumbe, por amor a otro. Mientras la magia (o hechicería, según) interviene, pero de una manera apenas sugerente, o como el dibujo de un mundo incomprensible.

El niño es un personaje constante en los cuentos de este libro. Pues aquí los niños se presentan en toda su impotencia de niños, en su fantasía de niños limitada a su mundo de niños. Aquí, maravillosamente, los niños son niños, con toda su fragilidad, con todo el infierno que significa ser niños en un mundo de adultos difícil de alcanzar o descifrar.

En los cuentos descubrimos que Magela Baudoin utiliza las descripciones detalladas, ya sea de vestidos, comida, u otros, descripciones que en lugar de aterrizar en la realidad, nos dibujan un escenario de híper realidad, que parece permanecer en todo momento.

No se puede obviar el hecho de que este libro está escrito por una mujer, quiero decir escrito desde su mundo, un mundo que conoce y reconoce en cada relato. En Amor a primera vista encontramos la  relación asimétrica donde el personaje varón se ve atrapado en las demandas de la mujer, que lo empujan a vivir juntos, no por el deseo mismo de hacerlo, sino obedeciendo a un objeto del deseo, que no es erótico, sino material, en este caso un departamento. Así, el varón se deja enredar en la situación como una mosca en la telaraña.

Algo para cenar es una alucinante historia de narcotráfico, vista desde la mirada cotidiana de una familia de barrio, de mujer sola que cría seis hijos.

La mujer se presta dinero para los trámites que resultan de un accidente provocado por el hijo, que es un niño. Accidente gracias al cual descubren droga en el automóvil del padrastro del amigo. El dinero parece cuantioso, y suena como una carga que la familia tiene que llevar por mucho tiempo.

El planteamiento del cuento tiene un cariz sociológico que no puede dejarse de lado. En el relato, los personajes de la familia no tienen nombre. Empiezan a tener nombre los extraños.

Magnifica la escena en la que la madre, acostumbrada a fustigar con chinelazos, no castiga al hijo, pero le hace notar su pecado. El chico llora, mientras “El calor ahogaba como a las mujeres el luto bajo el sol.”, dejando ver el aliento a poesía de algunos momentos de la narración.

Otro cuento que quiero aquí resaltar para el apetito es La noche del estreno.

El propietario de la lavandería es un personaje anodino que podemos transformarlo en símbolo del hombre moderno, en medio de máquinas, cuyo ruido monótono y persistente le sirven para imaginar el mundo de la puesta en escena.

Hijo de una modista encomendada del vestuario de las artistas de ópera, y un padre electricista encargado de reparar e instalar las luces de los principales teatros de Buenos Aires, guarda como un tesoro, tesoro tratado como objeto del deseo, con el que juega todas las noches, un modelo en cartón de una puesta en escena de la ópera Carmen de Bizet, que aquí podríamos tomar como símbolo de la cultura.

Mientras que de la madre: “Él había aprendido de ella que para materializar la esencia de cada personaje, era necesario un vestuario, una segunda piel que hiciera creíble la ilusión.”

En alguna lectura uno podría recibir subliminarmente que estamos interpelando a la cultura como algo que se pone en escena con una instalación que hiciera creíble la ilusión. La cultura como una ilusión, pues más allá de ella, de su propuesta, está el personaje viviendo sus angustias y su mundo oprimido.

Resulta en este cuento que el único cuerpo deseado es el cuerpo de la artista que interpretaría Carmen de Bizet, quien probablemente en la adolescencia del personaje lo habría obligado a un beso.

El mundo que propone Magela Baudoin es un mundo de obsesiones no resueltas, de fantasías equivocadas. Un laberinto sin salida, pues la puerta que parece ser el éxito, fracasa, salvando acaso al personaje de un desastre mayor. Mundo que plantea al lector una visión sin solución concreta, que lo mantiene en vilo, sujeto a la historia, aun mucho después de haberse concluido la lectura.

En La composición de la sal ocurre un salto mágico, el personaje al alcanzar la vejez, contra lo que él mismo había esperado de esta etapa de la vida, resulta transformado en un ser tan sensible que es imposible de proteger: el llanto es el resultado de toda interacción con el mundo. Ese viaje insoportable que concluye con un baño de sal que no deja de ser una sugerencia de suicidio, la muerte como liberación. Y cuando el lector curioso quiere encontrar una cifra para el libro, ya que este cuento es el que le da nombre, la respuesta es poética, es decir, abierta, asentando que el lector debe también leer en su interior las líneas personales para completar los cuentos.

En general, la trama de los textos nos lleva a la sensación de que algo se encuentra a punto de derrumbarse. Como en Gourmet donde se instala una pintura psicológica penetrante. El proceso de la pareja donde él ha construido el escenario, y ella desarrolla su inestabilidad emocional, que él tiene que soportar y aliviar. “Manuel siempre había admirado esa capacidad suya de procurarse seguridad y afecto, mostrándose indefensa y un poco caótica para la vida, algo que de manera infalible siempre era atrayente. La miraba y respiraba tranquilo porque estaban a salvo. Al menos por esa noche.” 

Puede que Un reloj. Una pelota. Un café, relato con el que se cierra el libro, sea el extracto de las temáticas de Magela Baudoin. El escenario del niño a punto de romperse en mil pedazos, la madre enferma, que no se ve, pero que el lector imagina pronta a morir, el abuelo, que recreamos en una edad de últimos días, el niño mismo que sufre un defecto en la pierna a causa de la poliomielitis, pero antes, la fragilidad de la vida que se levanta por amor a otro. Ejercitado esto en una prosa contundente, precisa, totalmente cinematográfica: “Cuando el viejo echó a andar el motor del gran volvo verde, año 1933, que ambos cuidaban con esmero, el chico comenzó a correr tras él pateando la pelota, primero torpemente y luego con todas sus fuerzas, formando con su respiración nubes de vaho en el aire frío”.

Mayo 2014

Magela Baudoin

Bolivia, 1973.
Periodista, escritora y profesora universitaria.

A lo largo de sus 20 años de carrera periodística, ha publicado artículos, reportajes, entrevistas y columnas en diversos diarios, semanarios y revistas de Bolivia como La RazónLa Prensa o Nueva Crónica.Posee una maestría en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial y una especialización en Comunicación Corporativa. Ha sido fundadora y coordinadora del programa de Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz.

En su primer libro, Mujeres de costado (Plural, 2010) reúne entrevistas a mujeres controversiales bolivianas, en las que mezcla recursos periodísticos y literarios. Con El sonido de la H (Santillana, 2015), ganó el XVI Premio Nacional de Novela Alfaguara en 2014, y con La composición de la sal (Plural, 2014) recibió el Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015.

Mi corazón contra las piedras de Ana María Iza

Mi corazón contra las piedras
Ana María Iza
p.p 172
Col. Monstruos
2015

IZA Y MI CORAZÓN CONTRA LAS PIEDRAS

Por Carmen Váscones

Mi corazón contra las piedrasde Ana María Iza, Antología con hermosa, minuciosa y justa apreciación y precisa selección de Xavier Oquendo.  Rinde homenaje a la extraordinaria poeta, mujer cósmica. Golondrina de la nada dio picotazos al vacío “con la gota de agua/ que se escapa del grifo”.

Para la poeta Poesía es “un andar…qué se yo…/en puntillas.”, o acaso interpolo sus “cuerdas de agua” o “carta a mí misma” o “luces fugaces” o “borrando el viento”.  Versos que nos dejan escuchar su deslizar los dedos sobre lo efímero del pasaporte del cuerpo y su visado en las cosas, papel, basura, desechos, excremento o elementos útiles e inútiles para desgastar o desamoldar la letra analfabeta de la muerte.

Su mirada microscópica en el mundo del ruido y la “sorda batalla” o la “Calamidad del ser”.

Sabia en su guarida sin recovecos deja ver la alegoría que devora “no me trago no me paso/. Parezco mi enemigo”. Antítesis del espectro versus “regia/MI SOLEDAD”, sin monumento agrego.

Diosa de la voz, de la música. Ante ella la vida se arrodilla para escuchar su alma lira de pájaros. Tuve la dicha de conversar, de sentirla cerca como una gaviota, como un granito de arena, como una burbujita de jabón soplada por la chiquilina subiendo el muro de la mañana.

Despeja cada ruta de “puertas inútiles”, de “papeles asustados”, de “herrumbre persistente”.

Dice en “hablando en serio”, “usted/ debe aprender a vivir, /no confíe ni en su mamá/y tenga a mano un perro”, más adelante en el mismo poema sentencia con su humor inédito y de siempre, que hasta las calaveras se echarían con sus esqueletos a carcajear.  Escuchemos, “cuando se muera usted, / si usted no sabe/ lo que es morir en vida, / se habrá perdido lo mejor, / no habrá gozado lindo” “Habrá vivido como las estatuas:/ sirviendo inútilmente/ de fondo al infinito”.

Nos deja una confidencia y grafos como acertijos a descifrar en cada una y ellos, “me acuso/ de inconforme”. Pienso que su acuso es un rebotar la culpa, la grandísima libertad mundana en los esclavos del cuerpo.

En su poética alterna al doble de su yo mirada a su yo expuesto a existir o como dice en su celebrar habitarse “vivo porque me gusta/ y a nadie debo nada”. Así lo deja constar en su trazo poemático. En su texto “Pedazo de nada”, publicado por primera vez en 1961.

La aparición de su escritura desde muy joven deja palpar la lucidez de su observatorio, de sus sentidos en ese atravesar el silencio, la soledad, y el vacío para no ser naufrago de la nada antes del jamás…

Descubre prontamente el espacio distante del tiempo, un presente sin puente entre pasado y futuro. Un antes y un después es un aliento desamparado en el exilio de la materia viviente.

Ella lo dice así: “yo/que digo que soy/ yo ni se lo que digo”. Mordaz guiño del emigrante de cada hora.

Se “contenta no ser funda de papel sobre la mesa” “Y saber que me colma un gran vacío

La poeta y el colmo sin calma arrasa con su escrito inédito a “galope tendido

Gracias Ana maría por tu extraordinario ser. Y con Xavier coincido en el radar a  “prestar”, esto es, nos obligas detectar tu “antena” en las montañas, las olas, en el insomnio, en el cofre de tu pulso indoblegable en cada minucia de tu hollar en los recovecos de la raíz del lápiz. En la página “antigravedad”.

Territorio del río de Rodolfo Salazar Ledesma

Territorio del río
Rodolfo Salazar Ledesma
Col. Líneas
p.p 208
2017

UN GPS PARA TERRITORIO DEL RÍO

Todo es poesía
menos la poesía

                                NICANOR PARRA

 

Territorio del río reúne en orden cronológico varias obras del escritor guayaquileño Rodolfo Salazar Ledesma, (nacido, no en vano, en ese emblemático año de 1968), quien, fiel a su oficio, ha diseñado a lo largo de los años una convincente hoja de ruta a través de la enmarañada y a la vez desértica selva de la literatura ecuatoriana. La trayectoria literaria de Salazar Ledesma, heredero de una insoslayable vocación familiar hacia el arte, se asemeja a un persistente río que va ganando cada vez más terreno en la historia de nuestras letras; aportando, como ya lo he anotado en comentarios anteriores, un elemento clave que ha sido subvalorado por el resto de escritores: me refiero al HUMOR. Y cuando me refiero al humor es imprescindible hablar también de una crítica social mordaz, pero no por ello carente de lírica, y que constituye otro de los ejes fundamentales en la obra de Salazar Ledesma. Cabe recalcar que de esa feliz aleación de crítica y humor nace su vinculación con una de las consignas mayores de aquel histórico mayo del 68 que consistía en llevar, por medio de la rebeldía y el arte, la IMAGINACIÓN al poder. Esto podemos verificarlo de manera diáfana en una suerte de poética cubista de la cual hace gala Salazar Ledesma, quien, gracias a un ingenioso y audaz juego de palabras, explora los “ilimitados límites” del lenguaje, mostrándonos simultáneamente los diferentes rostros de cada poema como si de un caleidoscopio semántico se tratase.

En este punto, mencionemos a esos “enfants terribles” que (como el Virgilio al Dante) de seguro han ayudado a este escritor guayaco a forjar su estilo; es decir, a encontrar una fórmula (¿un arma?) eficaz para decodificar el mundo que lo rodea y así convertirse, al igual que el iconoclasta Pedro Juan Gutiérrez, en ese “animal tropical” que acecha en cada esquina de su caótica urbe. Entonces, no está por demás rememorar al irónico Mark Twain, al tremendo Rabelais, al satírico Quevedo, al ingenioso Ramón Gómez de la Serna, (“Territorio del río” está sembrado o mejor dicho minado de greguerías), al pertinaz Camilo José Cela (tan olvidado estos últimos tiempos), al entrañable cronopio Julio Cortázar, a los musicales Alejo Carpentier y Cabrera Infante, al antipoeta Nicanor Parra, al sorprendente Juan José Arreola, al simpático Antonio Cisneros; y entre los ecuatorianos debemos nombrar al vanguardista Hugo Mayo y al poeta en bicicleta Raúl Arias… (lástima que sean tan pocos).

Los libros de prosa y poesía que forman la presente obra son: Mis zapatos, venus, el sol y otros escritos de la noche; Greguerías con agregados; Los marginales; El falso mito del apache, Últimas noticias del Edén, ¡Diodati, idiota! y Caracolas, cacerolas y otras batallas. Estos libros constituyen los afluentes del río creativo de Salazar Ledesma que, al igual que el otro río (el Guayas), sigue fluyendo y guardando en sus recuerdos, además de las horas del día, un sinnúmero de versos, rumores, historias, chistes, fantasmas, sueños, anécdotas, personajes reales y ficticios, muchachas hermosas (negras, blancas, cholas), escenas de la vida cotidiana; en definitiva, todos los afanes de la gente y su diario trajinar. Por eso, qué sería de las ciudades y del mundo sin esos cronistas de los sueños que son los poetas y cantores populares; sin esos guardianes del mito; sin esos cronopios a quienes les encanta perseguir chicas con un puñado de poemas en los labios; sin esos soñadores de libros y navíos que siembran flores en medio del asfalto y que en definitiva hacen más colorida nuestra existencia. Ya lo decía el viejo Hölderlin: “Pleno de méritos, pero es poéticamente cómo el hombre habita este planeta”.

Para concluir estas breves reflexiones, invito a todos los amigos lectores a explorar este Territorio del río, a jugar con las pulidas y brillantes piedras de sus versos, a enterrar los pies en el légamo del lenguaje hasta adentrarnos en sus cálidas aguas, dejando que esas delirantes imágenes que pasan por sus páginas se nos tatúen en la piel de la memoria; porque, como bien sabemos, nadie se puede bañar dos veces en el mismo río, o ¿sí?.

Carlos Garzón Noboa 

 

Selección de poesía

Desde niño soñó ser de la banda Timbiriche,
enamorado de Paulina Rubio y de Thalia,
turbio y echo un lío se creía Eduardo Capetillo
aunque a la Bibí Gaitán -él todo un galánla
veía demasiado morocha.
Ahora adulto, panzón de tanta borrachera
parece un trapiche que devora un ceviche
para recuperarse de la mala noche,
echo un trapo y con ademanes de Ché
en la cancha tiene su caché:
zapatos rojos, polines verdes,
short anaranjado y camiseta amarilla
dice “soy tan guapo como Casilla”.
De lunes a sábado pasa sentado en una silla
y el domingo se viste de flamingo,
sus piernas flacas y vientre prominente,
en la espalda el número nueve
aunque todos los días vista ropa deportiva
y viva pendiente del futbol,
“Evo” o “Bolivia” como le gritan los de su tribu
se proclama “hombre gol”
y que se conserva en alcohol;
él, crisol de razas, es genio y figura de
El falso mito del apache.

Doctos

Con ira atendía, poco entendía: un párrafo de una ley NO comprendía.

En su consultorio se leía: “especialisado en argentina”.
Junto a un dibujo de un suero, cero notorio y su cerebro,
cualquiera podía verlo en un frasco sobre su escritorio
constaba un balón y como mantel la bandera de un equipo.

Vestían la camiseta del plantel, él y su perro llamado pipo
(de raza a diferencia del propietario, con perenne mala traza)
a la de él la cubría un mandil.

Asumía una voz ronca para pronosticar el resultado
de la próxima fecha del campeonato siempre acertado
a diferencia de equivocaciones en operaciones, prescripciones,
como receta para un dolor de muela a una abuela
sin dentadura; con cara dura, jura que puede cerrar una sutura
con los ojos vendados. Bandidos como él pocos,
por eso ya sus hijos están siguiendo sus pasos.

Sus sesos

Van con un paso adelante
eso sí, con el pie torcido
nada lo hacen de frente
y se acompañan de ruido.

Avanzan…en su vía un barranco,
al fin de la hora de confites
es seguro que darán ese tranco
los que hoy asoman referentes

alabados por solícitos acólitos
se exhiben con orgullo, contentos
en este día, su tiempo, son ejemplo
mañana sabremos de su periplo.

El loco de la isla

Yo en territorio firme:
mancuernas, máquinas y cada dos horas algo de comer,
bajando y levantando el peso
teniendo siempre presente como ubico los pies,
a la distancia correcta y en una adecuada marca de calzado,
mis zapatos bien puestos en el presente
–cansado-,
así semanas,
meses,
años,
de pronto aparece La isla al mediodía
y luego los conejos por todos lados,
los dulces de Circe,
La casa tomada,
todo en un ejemplar Salvat que me salva de la rutina
y empiezo en las bellas palabras de Ana María Matute
de esos seres verdes –ahora tan queridos y tan yo-.

Y esa isla al mediodía se convierte en tesoro,
en el Jazz, la señorita Cora.
Y ese libro, me abre un mundo,
como a Marini, la ventana del avión una isla
en que todo pierde su peso
y sus pasajeros y la rutina pronto serán cosa del pasado;
luego alguien me empieza a decir cronopio.

Espera de la hoja de René Gordillo

Espera de la hoja
Rene Gordillo Vinueza
Col. Ópera Prima
p.p 83
2017

Espera de la hoja o La invención del instante

Por: Juan Suárez P.

Pobre de Dios, que debió, o intentó al menos, contar de manera precisa los soplos de vida que requerían los mares o las aves o el césped, y trazar de manera justa y perfecta las heridas en el alma de los hombres. Gracias al mismo Dios, los seres humanos nos tenemos que sufrir esa atroz condición de ser creadores. Pero también gracias a Dios, o a pesar de él, en este mundo han crecido, como árboles, poetas que cuidan las palabras como se cuida el fuego de una vela en una noche oscura. Sin pretensiones de igualar siquiera el padecimiento creador, sin entregarse a la tan de moda definición de “demiurgo”, estos poetas toman las palabras y construyen con ellas historias, porque han entendido, como lo ha hecho René Gordillo en sus versos: que “no solo de pan vive el hombre”. Hermosos y atemorizantes, hermosamente atemorizantes, son aquellos libros como Espera de la hoja, que nos reafirman la certeza de que cada palabra es la invención de algo.

Justamente, la palabra invención, tan poderosa en nuestro lenguaje, destaca en uno de los poemas de este libro. Cito: “Un lobo avanza en invierno. Su aullido es la invención del dolor”. ¿Qué màs podría inventar este aullido? ¿sería necesario, quizás, un coro de gritos, o de silencios, para inventar también la felicidad, el abrigo, la luz vigía de las tardes? ¿Sería necesario un lobo avanzando en el invierno para que sus pasos revelen nuestra propia, efímera, compleja humanidad? Los poemas de René Gordillo nacen de esa pregunta y se proyectan, con una seguridad y una brevedad inusual en un poeta joven, para convertirse, precisamente, en instantes de invención.

La voz poética de estos versos es ese hombre que ha observado la sentencia final de un libro, o el acorde flotante de una canción de Chopin, o el brevísimo crepitar de una rama bajo el calor abrazadror de un fuego, o el rostro indescriptible de Eurídice, con el detenimiento de un primerizo que observa la desnudez de un cuerpo, o con la firme convición del hombre de mar que mira el ocaso. Al leer los versos de Gordillo, nosotros también somos observadores de ese segundo, de esa fugacidad previa a la despedida, de ese fuego que tiembla antes de hacerse ceniza, o de esa sentencia leída apenas un minuto antes de que alguien arranque la página. Observador de la fugacidad, de momentos a los que el mundo obliga a marchitarse, el poeta siente la necesidad de las palabras.

Pero René Gordillo nos trae como resultado de esa necesidad, un libro que no cae en el acto prosáico, en la facilidad narrativa, en la salida fácil de depositar en las palabras la responsabilidad de recuperar aquellas cosas que se marcharon. “En esta claridad, orfeo me susurra que él también amó y lo perdió todo”. La voz poética de este libro observa a las cosas y las deja irse, las deja pasar, las deja perderse ante sus ojos, y deja el intento fútil de traerlas de vuelta para aquellos que utilizan el lenguaje como un mero instrumento referencial. Gordillo va más allá. Las palabras precisas responden a un acto de creación y de invención, algo totalmente opuesto, lo sabemos bien, a la representación. Es por eso que cada uno de estos poemas son, en sí mismos, el nacimiento del objeto. Cada composición poética es la proyección indefinida de un instante que siempre va a ser el más necesario: el momento justo de la invención. Ese segundo de creación que resiste a la proliferación de la igualdad, de la copia, de la rápida destrucción y el desuso, enfermedades de nuestra era. Cito un poema:  Vela: Alba mínima/ Alguien me ve/en mi dormitorio. Los versos hablan por sí solos: en ellos podemos palpar el instante de la creación, ese momento infinito en que se consolida la luz, en que aparece la vela formándose en las palabras que rompen el silencio previo. Y entonces el sujeto se ve vulnerable bajo ella, surge también ese momento irrepetible en que nace la sospecha, el temor o la indiferencia de ser observado. Esta luz, su invención, es única e infinita; poco importa que luces de neón o faroles o fósforos intenten igualar el momento de su aparición.

Los objetos que René Gordillo inventa en su libro forman un catálogo de elementos y personalidades que claramente podemos identificar como necesarios en la vida del poeta. Pero sobre el valor personal que pudieran tener, está su valor universal y genérico. Agradecemos y reconforta el hecho de que se trate de objetos pequeños, simples, minúsculos incluso, que se juntan a nombres indudablemente eternos: desde el fuego, que siempre será el mismo, pasando por una luciérnaga, por un río, por la suavidad de la piel, por los árboles solitarios de una calle lejana, hasta personalidades como Borges o Kafka o Chopin; los poemas de René constituyen la invención de elementos que, en conjunto, fácilmente podrían explicar la existencia, pequeña e inabarcable, de los seres humanos. Una luciérnaga ocupa el mismo espacio que Borges en este libro: la certeza es clara, René es un poeta que no trabaja sobre la pretensión, le basta la belleza de las cosas más simples, la luz más pequeña, la compañía más silenciosa.

En este sentido, los poemas de Espera de la hoja son capaces de inventar, insisto, también una nueva mitología. “Jesús lloró/ antes, Aquiles/ Las lágrimas nos igualan a los inmortales”. Más de una vez y en más de un sentido vemos como René organiza, junta elementos de diversas magnitudes y tiempos: todos tienen valor para el poeta, en la literatura, la de verdad, no caben clasificaciones, menos aún tiempos o mitologías. La humildad de Aquiles, la humanidad de Cristo se conectan con el lector a través de un elemento atemporal, infinito, universal: el llanto. Son esas cosas, las que no tienen edad ni momento ni patria, las que René coloca en sus poemas como elementos capaces de unirnos a la divinidad. Los poemas de Gordillo conmueven porque son capaces de emparentar aquello que nos pertenece, que pertenece a todos los hombres y mujeres, con actos sagrados de la historia. “El hombre, el huerto, la celda de un criminal, el sepelio de un niño…” vienen acompañados de las palabras: “señor, gracias por este claro de luna. Gracias por la luz”. En los poemas está ese dios que se hizo hombre para enseñarnos que en los instantes, en el fuego, en la música, en las calles desiertas, en la sangre, en la luz atravesando las sábanas, es posible palpar a la divinidad. Una divinidad cercana, casi imperceptible, generosa. En este libro, el más atroz lamento de Cristo: “tengo sed”, es también el lamento de todos, de cualquier hombre.

Si cada poema es la invención, es necesaria también, inevitablemente, la nada, el espacio donde ese algo va a crearse gracias a las palabras. Ese es el silencio. Se perciben en este libro, finas huellas de poetas como Fray Luis o Hugo Mujica, que hicieron del silencio una experiencia mística, una posibilidad de nacimiento. La voz poética de este poemario comprende el silencio como el origen, como aquel elemento generador sobre el cual el grito, la palabra, se convierte en explosión inventiva, creadora. Cada objeto creado en los poemas está rodeado por el infinito espacio del silencio. Ante la fogata, o ante el río, o ante cualquiera de los objetos que René coloca en sus versos, podemos observar la certeza de que antes hubo silencio, y que después lo habrá; y es el poema, ese acto de creación, lo único que puede evitarlo. La voz poética de este libro parece invitarnos a creer la historia aquella que dice que al principio todo era callado, y llegó la voz y se hizo la luz. Pero René, aunque pudiera hacer lo contrario, se niega a considerarse el poeta creador, profeta, mensajero de dignidad, enviado para crear y poblar el mundo de objetos: como el guerrero audaz y astuto  que después de tantas batallas y victorias aprendió la humildad, Gordillo sabe, nos afirma con compasión y temor que “…nuestra Ítaca, siempre fue el silencio”.

La invención de objetos pequeños, de instantes infinitos en su sencillez, y el silencio siempre imbatible que nos mueve al grito, es lo que agradecemos a René en estos tiempos en que no nos quedan ni certezas, ni siquiera la posibilidad de especulaciones. “…aún así, dice el poeta, decantemos nuestros gritos en un cedazo tan estrecho como la esperanza…”. Podrían haber sido, estos poemas, la invención de objetos que derrotarán al tiempo, podrían ser una pausa en el instante en que la vida se posa sobre las alas de un quinde, o podrían ser la certeza más cruel y generosa sobre la ternura human; pero son, por sobre todo, esos pequeños versos que nos recuerdan que vivir es un acto de todos los días y que quedan calles y árboles como compañía, y que es posible, después del amor, una tarde más larga que todas las tardes. Son esos versos que nos dan la posibilidad de seguir reinventándonos entre el silencio.

Recuerdo un verso de Gelman, casi el resumen de una poética: “…lo lindo es saber que uno puede cantar pío pío en las más raras circunstancias…”.  René, muy cercano al poeta Argentino, nos dice, nos explica el verdadero fin de sus palabras, el verdadero y sencillo deber de ser poeta: “…Al menos puedo cerrar los ojos e imaginar dónde se fueron las nubes”. Después de aquello, no queda nada más que decir.

Selección de poesía:

LUCIÉRNAGA

Todo era obscuridad.
Pulgada de rayo,
suspiro nocturno.

HOMERO

Su ceguera completó al mundo.
El regreso de un guerrero
que entendió la vida.

SOLEDAD

Árbol a la espera de sombra.
Tibio eco ramificado.

VI

El fuego cedió ante la sombra.
La palabra siguió su camino,
los ecos rasgaron el mármol.
En sus pupilas se dilató el mundo.
En la tierra, el peso de ser tierra,
en el hombre, el peso de ser hombre.
A veces regresar a la caverna
es mirarse en el asfalto:
la imagen primer lienzo,
la tierra y luego el pensamiento.

COMO UNA HOJA

Caer al piso de crepitante espera,
el árbol lleva la paciencia
de lo creado.
Morir en un día de viento
desde un tronco inmenso
desprenderte al único momento
que tienes para amar.

René Gordillo

(Ambato, 1993)

Actualmente está culminando sus estudios en Comunicación y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ha participado en varios recitales de poesía. Colaborador en el libro de ensayos “La flecha de Zenón”, dieciséis ensayos sobre Kafka, publicado por el centro de publicaciones de la PUCE.