Espera de la hoja de René Gordillo

Espera de la hoja
Rene Gordillo Vinueza
Col. Ópera Prima
p.p 83
2017

Espera de la hoja o La invención del instante

Por: Juan Suárez P.

Pobre de Dios, que debió, o intentó al menos, contar de manera precisa los soplos de vida que requerían los mares o las aves o el césped, y trazar de manera justa y perfecta las heridas en el alma de los hombres. Gracias al mismo Dios, los seres humanos nos tenemos que sufrir esa atroz condición de ser creadores. Pero también gracias a Dios, o a pesar de él, en este mundo han crecido, como árboles, poetas que cuidan las palabras como se cuida el fuego de una vela en una noche oscura. Sin pretensiones de igualar siquiera el padecimiento creador, sin entregarse a la tan de moda definición de “demiurgo”, estos poetas toman las palabras y construyen con ellas historias, porque han entendido, como lo ha hecho René Gordillo en sus versos: que “no solo de pan vive el hombre”. Hermosos y atemorizantes, hermosamente atemorizantes, son aquellos libros como Espera de la hoja, que nos reafirman la certeza de que cada palabra es la invención de algo.

Justamente, la palabra invención, tan poderosa en nuestro lenguaje, destaca en uno de los poemas de este libro. Cito: “Un lobo avanza en invierno. Su aullido es la invención del dolor”. ¿Qué màs podría inventar este aullido? ¿sería necesario, quizás, un coro de gritos, o de silencios, para inventar también la felicidad, el abrigo, la luz vigía de las tardes? ¿Sería necesario un lobo avanzando en el invierno para que sus pasos revelen nuestra propia, efímera, compleja humanidad? Los poemas de René Gordillo nacen de esa pregunta y se proyectan, con una seguridad y una brevedad inusual en un poeta joven, para convertirse, precisamente, en instantes de invención.

La voz poética de estos versos es ese hombre que ha observado la sentencia final de un libro, o el acorde flotante de una canción de Chopin, o el brevísimo crepitar de una rama bajo el calor abrazadror de un fuego, o el rostro indescriptible de Eurídice, con el detenimiento de un primerizo que observa la desnudez de un cuerpo, o con la firme convición del hombre de mar que mira el ocaso. Al leer los versos de Gordillo, nosotros también somos observadores de ese segundo, de esa fugacidad previa a la despedida, de ese fuego que tiembla antes de hacerse ceniza, o de esa sentencia leída apenas un minuto antes de que alguien arranque la página. Observador de la fugacidad, de momentos a los que el mundo obliga a marchitarse, el poeta siente la necesidad de las palabras.

Pero René Gordillo nos trae como resultado de esa necesidad, un libro que no cae en el acto prosáico, en la facilidad narrativa, en la salida fácil de depositar en las palabras la responsabilidad de recuperar aquellas cosas que se marcharon. “En esta claridad, orfeo me susurra que él también amó y lo perdió todo”. La voz poética de este libro observa a las cosas y las deja irse, las deja pasar, las deja perderse ante sus ojos, y deja el intento fútil de traerlas de vuelta para aquellos que utilizan el lenguaje como un mero instrumento referencial. Gordillo va más allá. Las palabras precisas responden a un acto de creación y de invención, algo totalmente opuesto, lo sabemos bien, a la representación. Es por eso que cada uno de estos poemas son, en sí mismos, el nacimiento del objeto. Cada composición poética es la proyección indefinida de un instante que siempre va a ser el más necesario: el momento justo de la invención. Ese segundo de creación que resiste a la proliferación de la igualdad, de la copia, de la rápida destrucción y el desuso, enfermedades de nuestra era. Cito un poema:  Vela: Alba mínima/ Alguien me ve/en mi dormitorio. Los versos hablan por sí solos: en ellos podemos palpar el instante de la creación, ese momento infinito en que se consolida la luz, en que aparece la vela formándose en las palabras que rompen el silencio previo. Y entonces el sujeto se ve vulnerable bajo ella, surge también ese momento irrepetible en que nace la sospecha, el temor o la indiferencia de ser observado. Esta luz, su invención, es única e infinita; poco importa que luces de neón o faroles o fósforos intenten igualar el momento de su aparición.

Los objetos que René Gordillo inventa en su libro forman un catálogo de elementos y personalidades que claramente podemos identificar como necesarios en la vida del poeta. Pero sobre el valor personal que pudieran tener, está su valor universal y genérico. Agradecemos y reconforta el hecho de que se trate de objetos pequeños, simples, minúsculos incluso, que se juntan a nombres indudablemente eternos: desde el fuego, que siempre será el mismo, pasando por una luciérnaga, por un río, por la suavidad de la piel, por los árboles solitarios de una calle lejana, hasta personalidades como Borges o Kafka o Chopin; los poemas de René constituyen la invención de elementos que, en conjunto, fácilmente podrían explicar la existencia, pequeña e inabarcable, de los seres humanos. Una luciérnaga ocupa el mismo espacio que Borges en este libro: la certeza es clara, René es un poeta que no trabaja sobre la pretensión, le basta la belleza de las cosas más simples, la luz más pequeña, la compañía más silenciosa.

En este sentido, los poemas de Espera de la hoja son capaces de inventar, insisto, también una nueva mitología. “Jesús lloró/ antes, Aquiles/ Las lágrimas nos igualan a los inmortales”. Más de una vez y en más de un sentido vemos como René organiza, junta elementos de diversas magnitudes y tiempos: todos tienen valor para el poeta, en la literatura, la de verdad, no caben clasificaciones, menos aún tiempos o mitologías. La humildad de Aquiles, la humanidad de Cristo se conectan con el lector a través de un elemento atemporal, infinito, universal: el llanto. Son esas cosas, las que no tienen edad ni momento ni patria, las que René coloca en sus poemas como elementos capaces de unirnos a la divinidad. Los poemas de Gordillo conmueven porque son capaces de emparentar aquello que nos pertenece, que pertenece a todos los hombres y mujeres, con actos sagrados de la historia. “El hombre, el huerto, la celda de un criminal, el sepelio de un niño…” vienen acompañados de las palabras: “señor, gracias por este claro de luna. Gracias por la luz”. En los poemas está ese dios que se hizo hombre para enseñarnos que en los instantes, en el fuego, en la música, en las calles desiertas, en la sangre, en la luz atravesando las sábanas, es posible palpar a la divinidad. Una divinidad cercana, casi imperceptible, generosa. En este libro, el más atroz lamento de Cristo: “tengo sed”, es también el lamento de todos, de cualquier hombre.

Si cada poema es la invención, es necesaria también, inevitablemente, la nada, el espacio donde ese algo va a crearse gracias a las palabras. Ese es el silencio. Se perciben en este libro, finas huellas de poetas como Fray Luis o Hugo Mujica, que hicieron del silencio una experiencia mística, una posibilidad de nacimiento. La voz poética de este poemario comprende el silencio como el origen, como aquel elemento generador sobre el cual el grito, la palabra, se convierte en explosión inventiva, creadora. Cada objeto creado en los poemas está rodeado por el infinito espacio del silencio. Ante la fogata, o ante el río, o ante cualquiera de los objetos que René coloca en sus versos, podemos observar la certeza de que antes hubo silencio, y que después lo habrá; y es el poema, ese acto de creación, lo único que puede evitarlo. La voz poética de este libro parece invitarnos a creer la historia aquella que dice que al principio todo era callado, y llegó la voz y se hizo la luz. Pero René, aunque pudiera hacer lo contrario, se niega a considerarse el poeta creador, profeta, mensajero de dignidad, enviado para crear y poblar el mundo de objetos: como el guerrero audaz y astuto  que después de tantas batallas y victorias aprendió la humildad, Gordillo sabe, nos afirma con compasión y temor que “…nuestra Ítaca, siempre fue el silencio”.

La invención de objetos pequeños, de instantes infinitos en su sencillez, y el silencio siempre imbatible que nos mueve al grito, es lo que agradecemos a René en estos tiempos en que no nos quedan ni certezas, ni siquiera la posibilidad de especulaciones. “…aún así, dice el poeta, decantemos nuestros gritos en un cedazo tan estrecho como la esperanza…”. Podrían haber sido, estos poemas, la invención de objetos que derrotarán al tiempo, podrían ser una pausa en el instante en que la vida se posa sobre las alas de un quinde, o podrían ser la certeza más cruel y generosa sobre la ternura human; pero son, por sobre todo, esos pequeños versos que nos recuerdan que vivir es un acto de todos los días y que quedan calles y árboles como compañía, y que es posible, después del amor, una tarde más larga que todas las tardes. Son esos versos que nos dan la posibilidad de seguir reinventándonos entre el silencio.

Recuerdo un verso de Gelman, casi el resumen de una poética: “…lo lindo es saber que uno puede cantar pío pío en las más raras circunstancias…”.  René, muy cercano al poeta Argentino, nos dice, nos explica el verdadero fin de sus palabras, el verdadero y sencillo deber de ser poeta: “…Al menos puedo cerrar los ojos e imaginar dónde se fueron las nubes”. Después de aquello, no queda nada más que decir.

Selección de poesía:

LUCIÉRNAGA

Todo era obscuridad.
Pulgada de rayo,
suspiro nocturno.

HOMERO

Su ceguera completó al mundo.
El regreso de un guerrero
que entendió la vida.

SOLEDAD

Árbol a la espera de sombra.
Tibio eco ramificado.

VI

El fuego cedió ante la sombra.
La palabra siguió su camino,
los ecos rasgaron el mármol.
En sus pupilas se dilató el mundo.
En la tierra, el peso de ser tierra,
en el hombre, el peso de ser hombre.
A veces regresar a la caverna
es mirarse en el asfalto:
la imagen primer lienzo,
la tierra y luego el pensamiento.

COMO UNA HOJA

Caer al piso de crepitante espera,
el árbol lleva la paciencia
de lo creado.
Morir en un día de viento
desde un tronco inmenso
desprenderte al único momento
que tienes para amar.

René Gordillo

(Ambato, 1993)

Actualmente está culminando sus estudios en Comunicación y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ha participado en varios recitales de poesía. Colaborador en el libro de ensayos “La flecha de Zenón”, dieciséis ensayos sobre Kafka, publicado por el centro de publicaciones de la PUCE.

Para nada inocente de Yankilé Hidalgo

Para nada inocente
Yankilé Hidalgo
p.p 73
Col. Flor de Ángel
2017

Comentario del libro Para nada inocente

Por: Juan Suárez P.

¿Qué habría sido de la historia si Ulises jamás hubiera regresado a Ítaca? ¿Se habría dicho de él , acaso, que vagó por los mares hasta encontrar una isla en la cual descansar sus fatigados músculos, recostarse y reposar el corazón ablandado ya como una fruta madura? Ítaca habría sido solo un fragmento del camino, un recuerdo que se expande solamente en las salas amplias de la memoria. Una sombra del árbol que crece en el ahora.

La presencia del ya simbólico Ulises es, en este libro, para nada inocente. Título acertado en este sentido. Pero este símbolo no se presenta de la manera común en la que suele aparecer o ha aparecido en miles de obras anteriores a esta: no es el retorno a Ítaca, el retorno al hogar después de 20 años, el eje central de los poemas de Yankilé Hidalgo. Todo lo contrario. La voz poética renueva el nombre de Ulises porque dialoga con él. Porque es fácil para el lector imaginarla encarándolo, mirándolo fijamente para sentenciar: “Ulises, Ítaca es mundana […] no necesitamos nostalgias para vivir”.

Estos versos, iniciales en el libro, son suficientes para construir una voz sólida y temiblemente certera que va a crear un nuevo mundo a lo largo de este libro. La poeta, Yankilé, es capaz de hablar con Ulises, a través de los años y los mares, para decirle “ya basta”; para decirle que vivir atormentado por una Ítaca que se alza entre olas lejanas es solo una posibilidad; una a la que es tiempo ya de dar nuevos sentidos. Es el primer momento de este poemario: la sal de mares pasados y lejanos invaden estas páginas, estas hojas, nos contagian de su ritmo y su aroma y nos arrastran también a la travesía que la voz poética hace y deshace en cada línea. Los poemas de “Para nada inocente” nos revelan una verdad que pocos poetas se atreven a recalcar con la madurez y la precisión que lo hace Yankilé Hidalgo: el pasado no ha de regresar; es lo que es: un recuerdo, un nombre pronunciado entre ritmos y aromas impregnados en la genética, en la memoria histórica, en las líneas de la mano; es, a lo mucho, una palabra que endulza o saliniza los labios, que seca o humedece la garganta. Y es esta verdad, una verdad que a todos nos lastima.

Pero la riqueza de este libro, de esta voz, es que sabe abrazar al dolor solamente cuando le place, cuando está de humor, cuando se apiada de él. A gritos, en cada página, repite: Ya basta. Ya basta Ulises, ya basta todos, no es necesaria la nostalgia de esa Ítaca para seguir viviendo.

Las calles de Pinar del Río, su olor a “hombre, a hoja de tabaco seco”, toman lugar en los poemas y allí existen. Pero no son la añoranza de la poeta: son su verdad, su historia. Yankilé sabe, como debería saber todo poeta, que el hoy, el instante, ese momento minúsculo en que se respira, es la única certeza, lo único a lo que es posible aferrarse. Sabe que ya no hay tiempo. Que el presente es ese monstruo que acomoda el pasado como piedras sobre las cuales se hace un camino. Pinar del Río no es el lugar hacia el cual se desea el retorno, es una marca, un color, como lo es el ballet en la infnacia, como lo es el humo en casa de la abuela. La voz poética es diáfana en estos poemas porque nos revela la verdad de lo que todos somos. Dice: “he sido de muchos materiales distintos. He sido río, de agua mis párpados. He sido monte, árbol, tal vez el famélico helecho en tu ventana….”

La poeta, con astucia, recoge los guijarros, las pequeñas cosas que hacen una vida, y las junta en el poema: no como objetos de su nostalgia, sino como piezas de la gran fortaleza que la constituye.

Así, la voz poética se instala en un presente que ha construido, se sabe como el ave que ha salido volando y “en cada techo ha hallado una paja, una minúscula paja con la cual hacer un nido”: ha sido su labor, su pájara labor de recolectar y observar, la que la ha solidificado. Y ya no es, entonces, la voz que reclama a Ulises; es ahora la calma, la espera, la paciente mirada de quien ha viajado mucho y ahora se reconoce en una tierra. Allí, el amor crece como crece el césped en un jardín: desordenado e indomable. También, para nada inocente, el amor se muestra en estas páginas como un constante ir y venir, como un juego de presas y depredadores. Yankilé se declara culpable de las pequeñas malicias y dulzuras que el amor conlleva, esas que siempre vienen de la mano como viene el sol ardiente con el frío del viento. Son las bocanadas del amor las que constituyen los múltiples instantes que llegan a consolidar la Patria Nueva. La voz poética es, ahora, Penélope, tejiendo y destejiendo su propia historia, tejiendo y destejiendo el cielo con el que ha de formar su nueva patria, su tierra levantada en el optimismo y la acechanza de amor.

Me sorprende lo completo que es este poemario: como una casa en la cual es posible habitar, y dormir y soñar y alimentarse y olvidar. Con el pasado y la nostalgia anulada, Yanki ha formado el cimiento de sus rocas, ha trazado su suelo. El de todos. Con el amor y los árboles, los aromas, las sencillas existencias, ha levantado una fortaleza y ha fundado la ciudad esperada. Ahora resta consolidar ese mundo para los días venideros. Estos versos cargados de la picardía, de la alegría, la seriedad y la coquetería propias de Yanki (Quienes tenemos el gusto de llamarla amiga lo comprobamos de inmediato), son versos que confiesan un profundo entendimiento de la palabra. Yankilé Hidalgo sabe que las palabras no son el mar que traerá el barco de lo perdido, de lo pasado. Sabe que la poesía no va a traer a cuestas el aroma de Pinar del Río, o el vientre de la madre, o los esbeltos árboles de una isla. Sabe que, al contrario, cada palabra es la invención de un instante, de un presente necesario para vivir. Y que puede bastar con eso. El significante, la palabra, adquiere forma: dice la poeta: “el significante se hizo espacio en la sombra. La imagen se hizo un rostro”. Las palabras, en este libro, forman un espacio, un país, una playa, unas calles, un hogar habitable. Y dan vida a un rostro al cual es posible amar y mirar en busca de tiempo.

Al final del libro Yankilé revela la tercera estancia de esta voz. Ahora soy Circe, dice. Dueña de una isla levantada con sus palabras, invita al amor, al lector, en cada verso, a quedarse. A comprender que, como dice en uno de sus poemas: “habrá un mañana en que todo parecerá nuevo y festejaremos la esencia misma de las cosas”. Que en esta isla, que en cada lectura, así sea.

Selección de poesía:

Ya dejé alguna vez mi casa,
aquella pequeña, blanca, de madera.
Pude dejar mi pijama, no sé cómo pude, a mi perro.
Sin mirar atrás dejé las manos diciendo adiós en un aeropuerto.
Aún no sé cómo pude dejar a una isla más aislada que nunca, una
ciudad en ruinas.
Ya dejé alguna vez mi comida servida sobre la mesa y a una abuela en
la casona que tanto teme cuando se va la luz.
Ya dejé al galope mi infancia, mis libros y los fantasmas de una familia
que agota sus recuerdos.
Estoy entrenada, se supone, para dejar atrás y no volver la mirada.
Y yo que ya lo he intentado todo, no sabría cómo decirte adiós,
de una vez,
con mi voz ni con mis manos.

Simplemente no puedo.

Culpas

Haré los cálculos de las veces
en que los truenos y las alarmas han hecho eco en tu nombre.
Encubriré las horas, las melodías desiertas de sentido
y culparé a los grillos de mi sordera.

Hace frío,
y en esta ciudad, como en la mía, no llega nunca el otoño.
Las hojas no harán ruido al caer
y culparé al viento de la falta de armonía en el silencio.

Amanecerá y culparé también a los pájaros, a todos,
esos que no hacen tanta falta para despertar feliz en las mañanas.

No puedo volver roca mis oídos, sin embargo, me repito
de a poco
que tengo pendiente ubicarte en un eslabón más sombrío de mi
memoria.

Culparé a los árboles, a los ríos, a los saltamontes, a agosto,
a todo lo que haga interferencia en los ecos con los que me miento.

¡Déjame hacer pacto con mi tozudez y te traeré una vez más a mis
nostalgias!
No quiero renunciar a tu voz, al menos no ahora, que la noche está
en calma.

Hoy quiero comprar hilos para tejer mi propia carpa.
Busco un pico que no se detenga ante el justiciero cobarde.
Me saldrán alas porque para eso me he estado preparando,
amamantaré a mis crías con los pechos heridos,
seré árbol, río.

Hoy renuncio a mi especie.

No vale la pena matar
al Dios ni al diablo de nuestras enredaderas.
Menciono a las tres como si fueran una,
las leí como a la misma mujer que renunció
a vivir.

Storni, sendero al mar, sal
Pizarnik, de arrebato, sus alas
Woolf, hechizo, piedras, otra vez el mar.

Mujeres
eran tres.
Una sola
a ratos.

Yankilé Hidalgo

La Habana, Cuba, 1973.

Vive hace más de 20 años en Quito, Ecuador. Es autora de las letras de dos canciones que han sido seleccionadas para representar a Ecuador en Lo Zecchino D´Oro de Bologna Italia, Canzone Indigena 2002 y Verso l´Aurora 2012. La primera reconocida como una de las cincuenta mejores canciones para niños desde 1950 en ese país. Autora de la novela juvenil Nostalgias de un rey sin corona. Es profesora de Lengua y Literatura en la ciudad de Quito. 

Hoy me da por llover de Luis Enrique Yaulema

Hoy me da por llover / Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles
Luis Enrique Yaulema / Francisco Trejo
Col. 2alas
p.p 75
2017

 

Hoy me da por ser lágrima

Por: Santiago Grijalva

Será la noche o los días cambiantes en esta ciudad lo que lleva a Luis Yaulema a elegir el título de su obra, Hoy me da por llover, El poeta nos advierte con estas palabras acerca de su poemario, que se ha de dejar en esas letras, que encontraremos un centenar de imágenes que nos remitirán a la esencia, a reencontrarnos con los recuerdos que hemos ido arrumando con el pasar de los tiempos, andar en retrospectiva y observar como las cosas han ido transmutando al evidenciar nuestras huellas.

Cuando abrimos un libro de poemas, nos enfrentamos a un cumulo de emociones que se van enfrentando al lector, damos pelea, a veces dejamos que nos golpee, que nos lleve a la esquina y nos deje arrimados a las sensaciones, en otras ocasiones el lector resiste, le da batalla, no se amiga con el golpear de las letras, incluso he sabido de casos en los que los lectores salen ilesos después de abrir un libro de poesía, pero este no es el caso, al menos a mí, este lector amateur sin rango profesional en lecturas profundas, Hoy me da por llover me ha dejado KO al empezar el primer round.

Las palabras se vierten con naturalidad y ritmo dentro de los versos de Luis, nos remiten a una memoria de la que procuramos no tener registros, de las sensaciones que usualmente son muy humanas, para los humanos. Hoy me da por llover nos dice el poeta, pero a mí el día de hoy se me da por ser la lágrima implícita en estos textos.

Como nos dice el poeta: oí de días que les dan por llorar a deshoras y de amapolas/ oí de lluvia suspendida en las cornisas y de nostalgia, Yo había escuchado de los dolores y las nostalgias, pero nunca les había hecho frente como nos propone Luis en este libro, que con versos cortos y contundentes nos explica que el sentir va de la mano del dolor y las esperas: se queda cierta neblina sobre los poemas / en las coincidencias/ en el viaje oculto de los pensamientos. Yaulema llega como anticipándose al sentir del lector y nos dice que, por detrás de estos textos, aún quedan historias incompletas, imágenes que aguardan ver luz en otro orden de sus letras.

La remembranza de lo añorado y el recuerdo de lo impregnado en la piel, se hace presente con dureza sobre las letras del poeta que enuncia: tu ausencia empieza a inquietarme/madre, con el sentir sonoro retumba en el poema la imagen recobrada y entrañable de una figura que trasiende con permanencia en los textos del escritor, volviendo a ver la casa y el abandono que el hijo pretende realizar con el transcurrir del tiempo, sin embargo, existe la disculpa leve cuando nos dice: “ ¿Dónde está la casa?/ las piedras sin memoria/ arrastran las palabras/ antiguas semillas/ que se niegan a germinar.

Por otra parte y cómo si faltara más, la colección 2alas nos regala un cómplice para este camino de espinas y rosas de esta lectura, Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles, es el título escogido por el poeta mexicano Francisco Trejo, que de forma concreta y directa nos hace sacar la cabeza de los libros y ver que es lo que se encuentra recorriendo nuestra realidad: “Encuéntrame en los hoteles. Ocúltame en ti. Ven a llorar conmigo lo irreparable del mundo” nos dice Trejo

Cuanta sincronicidad circundan en este libro, cuanta forma exacta de decir las cosas sin titubear, sabiendo que la esencia de la poesía radica en tener que decir y decirlo, pero no con alegorías, no con versos largos y enredosos, no con bombos y haciendo ruido, la poesía está clara, con versos cortos y circunstancialmente breve, dejando una tarea grande al lector, dejando un reconocimiento en cada imagen con ese nacer constante dentro de la poesía de estas 2alas construidas por Yaulema y Trejo.

Dos poetas que llegan a quedarse, que con dureza nos regalan un abanico de luces que se vierten sobre estos poemas, con estos versos no tenemos duda que el pisar fuerte, será solo la idea neurótica de tener el control, sobre el sentir mutable que surge con estas letras, desde diversas ópticas este libro no deja cabos sueltos, nos deja con sabores intercambiables en cada página, nos permite contemplar el peso de una despedida:

“Todo amor se recuerda con canciones y se fragmenta en ritmos”  dice Trejo

“Hay tristezas que no alcanzo a comprender/ la del río por ejemplo/ que se va quedando en cada orilla” Nos lo dice Luis

Para poder leer este libro hay que acompasar el corazón, ser testigo de como los poetas se fragmentan en cada sentir vertido desde su lírica, aquí no hay mucho más que decir, no hay que extrañarse si cada verso nace como si fuera una zancadilla para que el lector no se escape de sus letras.

Bien decía el poeta Rolando Kattán, ten los libros de poesía cerca de ti/ al lado de tu cama/ o de cabecera de cama/ o de cama/ nunca más lejos. Los libros de poesía se los lleva cerca, al menos cuando la voz poética se encuentra cerca de la sensibilidad de uno.

Hoy me da por llover, es un libro de lectura de velador, un texto al que recurrir en los momentos que se requiera soledad, nostalgia y sinceridad en la palabra. Un texto que llega a quedarse, a ser lectura repetida en las diversas instancias de la vida.

Qué gusto haber tropezado una y treinta veces con los versos de Yaulema, que alergia que sus palabras queden retumbando en la cotidianidad, es duro ver cómo afirma el poeta: que nadie toque el reloj/ que nadie toque mi cuerpo/ que nadie habite las cornisas// que se haga la luz. Y que estos versos se hagan piel en nocturnas espesuras, que se hagan latido en el sentir incansable, que se quede muy cerca del volver la cabeza y reconocer los dolores antiguos.

Aquí solo queda una brevedad de emociones recogidas en estos textos, aquí el poeta se funde con las letras, como queriendo ser uno, como queriendo evitar el dolor sin saber que la memoria es la cumbre y el llano de nuestro andar.

Selección de poesía:

al fondo
los cristales incitan a saltar

siguen siendo estrellas puntiagudas

me dejo caer
agoto cada palabra
cada instante de oxigeno disimulado

de bruces espero
un ligero instante de universo.

 

se queda cierta niebla en los poemas
en las coincidencias
en el viaje oculto de los pensamientos

se queda cierto verbo
colgado en la memoria

 

todo coincide

la misma ventana
la luz verdosa en sus manos
el mismo reloj crucificando las palabras

hoy me da por llover

 

la lluvia abre grietas
madre
y nunca más semillas de sol
ya no hay puentes
ladrillos las palabras
madre
pesan
también la casa me pesa
y el vuelo de las hojas
lentos los días
madre
las lágrimas también son lentas
como polvo cuesta arriba
tu ausencia empieza a inquietarme
madre

Luis Enrique Yaulema Orna
(Riobamba, 1968)

Es poeta, fotógrafo y gestor cultural. Ha publicado Teoremas (1996), “Traversa” (2005) en Ibiza España y tres (2011). Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Integró el consejo editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo Chimborazo, fue miembro del taller literario “sacapuntas”. Sus poemas han salido en publicaciones y revistas especializadas dentro y fuera del país.

 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975)

Psicólogo clínico. Magíster en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Ha sido docente durante 19 años en la Universidad Politécnica Salesiana, en las áreas de inglés y psicología. Fue docente de psicología en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Consultor en temas sociales por varias instituciones públicas. 

Luis Enrique Yaulema

(Riobamba, 1968)

Es poeta, fotógrafo y gestor cultural. Ha publicado Teoremas (1996), “Traversa” (2005) en Ibiza España y tres (2011). Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Integró el consejo editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo Chimborazo, fue miembro del taller literario “sacapuntas”. Sus poemas han salido en publicaciones y revistas especializadas dentro y fuera del país.

 

 

Rodolfo Salazar Ledesma

Es parte de la cuarta generación de una familia de escritores. Licenciado en ciencias de la Comunicación Social con mención en investigación social. Ha recibido diversos cursos de literatura. Estudios empíricos y autodidactas en música, gestión cultural y hatha – yoga. Como gestor cultural ha coordinado y organizado más de una centena de actividades. Ha ofrecido varias charlas, conferencias y talleres en diferentes centros culturales y educativos del Ecuador. Ha sido reconocido.

Ronald Escalante

(Machala, 1981)

Escritor y músico. Magíster en Literatura Infantil y Juvenil. Ha realizado además estudios de psicología clínica y derecho. Autor de “Los giles no van el cielo” (CCE – Núcleo de Loja), publica sus trabajos en medios electrónicos y revistas. Difusor permanente de la obra de jóvenes narradores y poetas. Administrador del blog literario que lleva el nombre de su primer libro.

René Gordillo Vinueza

(Ambato, 1993)

Actualmente está culminando sus estudios en Comunicación y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ha participado en varios recitales de poesía. Colaborador en el libro de ensayos “La flecha de Zenón”, dieciséis ensayos sobre Kafka, publicado por el centro de publicaciones de la PUCE. 

Luis Marcelo Pérez

(Montevideo, Uruguay, 1971)

Poeta, narrador, ensayista, periodista, editor, gestor cultural y activista social.

Ha colaborado en distintos medios de comunicación de su ciudad y del exterior (Argentina, México y Paraguay). Es fundador de la asociación civil Apertura Generacional (1993), del grupo ecológico Alerta Verde (1994) y del sello editorial AG Ediciones (1995), que hasta la fecha, ha editado veintisiete títulos en ensayo, conferencias, poesía, narrativa y dramaturgia.  Durante el periodo 1994-1995 cumplió la función de Director de difusión y RRPP del Grupo de Jóvenes en el Mercosur (Comisión Sectorial para el Mercosur).

Su poesía ha sido traducida al francés, portugués y alemán, y la han interpretado músicos como Juan José Melo, Andrés Stagnaro y Quique Rodríguez.

Publicó en poesía: Sensaciones (1995), Virginal  (1996), Silencios (1999) reeditado con prólogo de Mario Benedetti, en 2002 y  Poesía en estado natural  con prólogo de Rubén Bareiro Saguier (2005, edición paraguaya).

En ensayo: Mujer, Sociedad y Política (1996) con prólogo de Luis Pérez Aguirre, La Poesía en Nuestro Tiempo (2001), Imaginación y palabra (2003) con prólogo de Luis Víctor Anastasia y Neruda, el vigía de una isla (2004) con prólogo de Volodia Teitelboim.

Asimismo, compiló y editó la Antología de poetas jóvenes uruguayos (2002) y Sin fronteras 1 ½ (pequeña antología de poetas jóvenes uruguayos-paraguayos), (2004, edición paraguaya).  

Laura Calvache Saltos

(Ambato, Ecuador, 1947)

Licenciada en Ciencias de la educación especialización en Filosofía y Literatura. Doctora en gerencia educativa. Durante treinta y dos años se desempeña como docente en la cátedra de lengua y literatura en el Colegio Ambato de la ciudad de Ambato.

Miembro numerario de la CCNT. Libros publicados: Arrebol del tiempo, 2002. Añoraré el sol, 2007. Quiero jugar con las palabras, 2012 y Hualpa, el pequeño Adalid y otros cuentos dirigidos a niños de edad escolar.

Ha participado en varios recitales poéticos en diferentes ciudades del Ecuador y Argentina, así como en el IX Encuentro Internacional de Poetas “Poesía en Paralelo Cero 2017”.