Danny Yecid León Moncada

Bucaramanga, Colombia, 1990. Se desempeña como director del Encuentro Internacional de Poesía de Bucaramanga. Textos suyos han aparecido en diversas revistas, tanto nacionales como del extranjero. Fue incluido en el libro Espejos de doble filo, antología binacional de poesía sobre la violencia, Colombia – México (Ediciones Atrasalante). Preparó las antologías La voz alucinada y La oscuridad tras el relámpago (Ediciones UIS). Ha publicado los libros Momento del decir (primer puesto en el VIII Concurso Internacional Buenaventuriano de Poesía), Cantar de bruma (Ediciones UIS) y Desde estancias habitadas (Premio de Poesía Editorial Praxis 2014).

El jardín interior

No tengo casa.
Está derribada en medio de la noche.
Su dolorosa arquitectura
Se ha caído.
José Revueltas
 

Hubo fuego en el hogar una vez.
Los inviernos pasaban lentos
y la casa se sostenía del cielo
con el hilo de humo que ascendía a diario.
 
Las ventanas tenían marcos pesados
y se empañaban de una fina escarcha
que removíamos con manos cansadas,
mientras veíamos afuera los caminos invadidos,
los árboles cubiertos de nieve.

 
Nadie venía hasta nuestra puerta
como en los tiempos de antes.

 
Vivíamos solos,
con el viento rondando las habitaciones
y el pan  podrido de la despensa.

 
Recuerdo que la casa tenía un jardín interior
en el que jugábamos al entrar el verano.

 
Recuerdo que allí crecía el pasto
entre los matorrales que acogían insectos
o parvadas de  pájaros agoreros.

 
Recuerdo que corríamos hasta el atardecer,
sintiendo la hierba y el barro en las pisadas,
cortando tallos o frutos mordidos
por  la claridad del día.

 
Pero entonces llegaba el crudo invierno
y del jardín solo quedaban sombras recientes,
las hojas consumidas por la oquedad
y el frío sincero del abandono.

 
En esos días había fuego adentro
y sin importar las  tinieblas
permanecíamos vigilando la herida del sol
en la mañana trémula de nubes.

 
Pero ahora es distinta esta morada:
ya no hay  luz de candil que valga en los pasillos
ni lumbre que arremeta contra la oscuridad.

 
Podemos sentir cómo se detienen los relojes
porque tiemblan las paredes
y nuestras palabras sortean la mudez.

 
Pronto no tendremos qué decirnos,
seremos cuerpos inmóviles
que contraen  la fiebre de la locura
y el discurrir del tedio.

 
Pronto el techo se desplomará de tanta nieve
y caerá sobre nuestros huesos,
sobre el aliento que contiene los cimientos
y la memoria de esta casa en ruinas.

 
Sin embargo, el jardín persistirá:
las hojas tallarán su figura  desgastada,
las flores roerán los colores
y entre las ramas del cerezo
habitará una araña tejiendo su tela.

 
No quedará después del deshielo
más que el  rumor de la araña al invadir el aire
y poner en movimiento las palabras,
el ruido  que  perdura en los escombros
a pesar del  invierno
y la insistencia de nuestro olvido.

(De Desde estancias habitadas, 2015)