Espera de la hoja de René Gordillo

Espera de la hoja
Rene Gordillo Vinueza
Col. Ópera Prima
p.p 83
2017

Espera de la hoja o La invención del instante

Por: Juan Suárez P.

Pobre de Dios, que debió, o intentó al menos, contar de manera precisa los soplos de vida que requerían los mares o las aves o el césped, y trazar de manera justa y perfecta las heridas en el alma de los hombres. Gracias al mismo Dios, los seres humanos nos tenemos que sufrir esa atroz condición de ser creadores. Pero también gracias a Dios, o a pesar de él, en este mundo han crecido, como árboles, poetas que cuidan las palabras como se cuida el fuego de una vela en una noche oscura. Sin pretensiones de igualar siquiera el padecimiento creador, sin entregarse a la tan de moda definición de “demiurgo”, estos poetas toman las palabras y construyen con ellas historias, porque han entendido, como lo ha hecho René Gordillo en sus versos: que “no solo de pan vive el hombre”. Hermosos y atemorizantes, hermosamente atemorizantes, son aquellos libros como Espera de la hoja, que nos reafirman la certeza de que cada palabra es la invención de algo.

Justamente, la palabra invención, tan poderosa en nuestro lenguaje, destaca en uno de los poemas de este libro. Cito: “Un lobo avanza en invierno. Su aullido es la invención del dolor”. ¿Qué màs podría inventar este aullido? ¿sería necesario, quizás, un coro de gritos, o de silencios, para inventar también la felicidad, el abrigo, la luz vigía de las tardes? ¿Sería necesario un lobo avanzando en el invierno para que sus pasos revelen nuestra propia, efímera, compleja humanidad? Los poemas de René Gordillo nacen de esa pregunta y se proyectan, con una seguridad y una brevedad inusual en un poeta joven, para convertirse, precisamente, en instantes de invención.

La voz poética de estos versos es ese hombre que ha observado la sentencia final de un libro, o el acorde flotante de una canción de Chopin, o el brevísimo crepitar de una rama bajo el calor abrazadror de un fuego, o el rostro indescriptible de Eurídice, con el detenimiento de un primerizo que observa la desnudez de un cuerpo, o con la firme convición del hombre de mar que mira el ocaso. Al leer los versos de Gordillo, nosotros también somos observadores de ese segundo, de esa fugacidad previa a la despedida, de ese fuego que tiembla antes de hacerse ceniza, o de esa sentencia leída apenas un minuto antes de que alguien arranque la página. Observador de la fugacidad, de momentos a los que el mundo obliga a marchitarse, el poeta siente la necesidad de las palabras.

Pero René Gordillo nos trae como resultado de esa necesidad, un libro que no cae en el acto prosáico, en la facilidad narrativa, en la salida fácil de depositar en las palabras la responsabilidad de recuperar aquellas cosas que se marcharon. “En esta claridad, orfeo me susurra que él también amó y lo perdió todo”. La voz poética de este libro observa a las cosas y las deja irse, las deja pasar, las deja perderse ante sus ojos, y deja el intento fútil de traerlas de vuelta para aquellos que utilizan el lenguaje como un mero instrumento referencial. Gordillo va más allá. Las palabras precisas responden a un acto de creación y de invención, algo totalmente opuesto, lo sabemos bien, a la representación. Es por eso que cada uno de estos poemas son, en sí mismos, el nacimiento del objeto. Cada composición poética es la proyección indefinida de un instante que siempre va a ser el más necesario: el momento justo de la invención. Ese segundo de creación que resiste a la proliferación de la igualdad, de la copia, de la rápida destrucción y el desuso, enfermedades de nuestra era. Cito un poema:  Vela: Alba mínima/ Alguien me ve/en mi dormitorio. Los versos hablan por sí solos: en ellos podemos palpar el instante de la creación, ese momento infinito en que se consolida la luz, en que aparece la vela formándose en las palabras que rompen el silencio previo. Y entonces el sujeto se ve vulnerable bajo ella, surge también ese momento irrepetible en que nace la sospecha, el temor o la indiferencia de ser observado. Esta luz, su invención, es única e infinita; poco importa que luces de neón o faroles o fósforos intenten igualar el momento de su aparición.

Los objetos que René Gordillo inventa en su libro forman un catálogo de elementos y personalidades que claramente podemos identificar como necesarios en la vida del poeta. Pero sobre el valor personal que pudieran tener, está su valor universal y genérico. Agradecemos y reconforta el hecho de que se trate de objetos pequeños, simples, minúsculos incluso, que se juntan a nombres indudablemente eternos: desde el fuego, que siempre será el mismo, pasando por una luciérnaga, por un río, por la suavidad de la piel, por los árboles solitarios de una calle lejana, hasta personalidades como Borges o Kafka o Chopin; los poemas de René constituyen la invención de elementos que, en conjunto, fácilmente podrían explicar la existencia, pequeña e inabarcable, de los seres humanos. Una luciérnaga ocupa el mismo espacio que Borges en este libro: la certeza es clara, René es un poeta que no trabaja sobre la pretensión, le basta la belleza de las cosas más simples, la luz más pequeña, la compañía más silenciosa.

En este sentido, los poemas de Espera de la hoja son capaces de inventar, insisto, también una nueva mitología. “Jesús lloró/ antes, Aquiles/ Las lágrimas nos igualan a los inmortales”. Más de una vez y en más de un sentido vemos como René organiza, junta elementos de diversas magnitudes y tiempos: todos tienen valor para el poeta, en la literatura, la de verdad, no caben clasificaciones, menos aún tiempos o mitologías. La humildad de Aquiles, la humanidad de Cristo se conectan con el lector a través de un elemento atemporal, infinito, universal: el llanto. Son esas cosas, las que no tienen edad ni momento ni patria, las que René coloca en sus poemas como elementos capaces de unirnos a la divinidad. Los poemas de Gordillo conmueven porque son capaces de emparentar aquello que nos pertenece, que pertenece a todos los hombres y mujeres, con actos sagrados de la historia. “El hombre, el huerto, la celda de un criminal, el sepelio de un niño…” vienen acompañados de las palabras: “señor, gracias por este claro de luna. Gracias por la luz”. En los poemas está ese dios que se hizo hombre para enseñarnos que en los instantes, en el fuego, en la música, en las calles desiertas, en la sangre, en la luz atravesando las sábanas, es posible palpar a la divinidad. Una divinidad cercana, casi imperceptible, generosa. En este libro, el más atroz lamento de Cristo: “tengo sed”, es también el lamento de todos, de cualquier hombre.

Si cada poema es la invención, es necesaria también, inevitablemente, la nada, el espacio donde ese algo va a crearse gracias a las palabras. Ese es el silencio. Se perciben en este libro, finas huellas de poetas como Fray Luis o Hugo Mujica, que hicieron del silencio una experiencia mística, una posibilidad de nacimiento. La voz poética de este poemario comprende el silencio como el origen, como aquel elemento generador sobre el cual el grito, la palabra, se convierte en explosión inventiva, creadora. Cada objeto creado en los poemas está rodeado por el infinito espacio del silencio. Ante la fogata, o ante el río, o ante cualquiera de los objetos que René coloca en sus versos, podemos observar la certeza de que antes hubo silencio, y que después lo habrá; y es el poema, ese acto de creación, lo único que puede evitarlo. La voz poética de este libro parece invitarnos a creer la historia aquella que dice que al principio todo era callado, y llegó la voz y se hizo la luz. Pero René, aunque pudiera hacer lo contrario, se niega a considerarse el poeta creador, profeta, mensajero de dignidad, enviado para crear y poblar el mundo de objetos: como el guerrero audaz y astuto  que después de tantas batallas y victorias aprendió la humildad, Gordillo sabe, nos afirma con compasión y temor que “…nuestra Ítaca, siempre fue el silencio”.

La invención de objetos pequeños, de instantes infinitos en su sencillez, y el silencio siempre imbatible que nos mueve al grito, es lo que agradecemos a René en estos tiempos en que no nos quedan ni certezas, ni siquiera la posibilidad de especulaciones. “…aún así, dice el poeta, decantemos nuestros gritos en un cedazo tan estrecho como la esperanza…”. Podrían haber sido, estos poemas, la invención de objetos que derrotarán al tiempo, podrían ser una pausa en el instante en que la vida se posa sobre las alas de un quinde, o podrían ser la certeza más cruel y generosa sobre la ternura human; pero son, por sobre todo, esos pequeños versos que nos recuerdan que vivir es un acto de todos los días y que quedan calles y árboles como compañía, y que es posible, después del amor, una tarde más larga que todas las tardes. Son esos versos que nos dan la posibilidad de seguir reinventándonos entre el silencio.

Recuerdo un verso de Gelman, casi el resumen de una poética: “…lo lindo es saber que uno puede cantar pío pío en las más raras circunstancias…”.  René, muy cercano al poeta Argentino, nos dice, nos explica el verdadero fin de sus palabras, el verdadero y sencillo deber de ser poeta: “…Al menos puedo cerrar los ojos e imaginar dónde se fueron las nubes”. Después de aquello, no queda nada más que decir.

Selección de poesía:

LUCIÉRNAGA

Todo era obscuridad.
Pulgada de rayo,
suspiro nocturno.

HOMERO

Su ceguera completó al mundo.
El regreso de un guerrero
que entendió la vida.

SOLEDAD

Árbol a la espera de sombra.
Tibio eco ramificado.

VI

El fuego cedió ante la sombra.
La palabra siguió su camino,
los ecos rasgaron el mármol.
En sus pupilas se dilató el mundo.
En la tierra, el peso de ser tierra,
en el hombre, el peso de ser hombre.
A veces regresar a la caverna
es mirarse en el asfalto:
la imagen primer lienzo,
la tierra y luego el pensamiento.

COMO UNA HOJA

Caer al piso de crepitante espera,
el árbol lleva la paciencia
de lo creado.
Morir en un día de viento
desde un tronco inmenso
desprenderte al único momento
que tienes para amar.

René Gordillo

(Ambato, 1993)

Actualmente está culminando sus estudios en Comunicación y literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ha participado en varios recitales de poesía. Colaborador en el libro de ensayos “La flecha de Zenón”, dieciséis ensayos sobre Kafka, publicado por el centro de publicaciones de la PUCE.