Lo lejano

Lo Lejano
Santiago Espinosa
p.p 77
2015
 

Contraportada

 

Detrás de lo que escribo/ siempre hay lluvia, confiesa Santiago Espinosa casi al descuido, como si al decirlo no estuviera aprehendiendo en el are la flecha de su escritura, dibujando sobre el cristal velado (o sobre humo) el paisaje de este libro, hecho del fulgor de las cosas perdidas, ese bostezo de polvo y lumbre que nimba lo lejano.

Poesía es darle la voz a la/ llovizna -insiste-, desocupar el espacio/ para que pueda caer. Así, amoroso oficio su palabra comienza a armar barcos que son, en su ayer, futuros extravíos, o en su ahora apenas fisuras del silencio, de la amnesia, goteras por donde se cuelan pequeñas memorias individuales -piedras rotas, la acidez de las curubas que empañan los bigotes-; y que al fluir o tropezar en el cauce de la memoria compartida de su patria (tres tiros de sombra… la sangre / equivocada), van descubriendo conexiones estrechas y necesarias entre esa voz y las cosas que riega, entre el debe de los ojos y el haber de lo visto, hebras capaces de dar razón o excusa al sinsentido.

Y sin embargo, el autor sabe que estos poemas son trazos de la rutina. No hay truco posible: solo el encanto perdido hallado de lo que ya no es -prueba de amor de lo que siempre se despide- o su reverso, el ruido / de las puertas que nunca se abrieron… el sauce en el ojo del vecino, lo que jamás será. A pesar de todo y gracias a todo, la poesía es un tamborero que nos mira / con su camisa de fiesta / para hechizar la muerte. Santiago Espinoza -una voz que se revela, sugestiva y penetrarme, en la poesía latinoamericana-, como ese tamborero, nos hechiza también, nos interna, insinuante, en el reino de lo “Lo lejano”. Autor y lector nos convertimos, a esas alturas de la neblina, en dos sombras tristes que se juntan en los parques. / Juegan sus cartas, van al hotel de la avenida. Pero llueve / adentro. Llueven voces. Y no queda sino dejarse mojar en la encalada habitación de estas páginas.

Gabriel Chávez Casazola