Marín Sevilla, Desiré

Quito, Ecuador – 1966.

Dicen que el día que nací no se oyó mi llanto sino el galope de unos caballos y el ulular de una jauría de lobos. Yo prefiero imaginarme manando de los vapores de sus hocicos y el polvo de sus patas, que de entre sangre y pañales. Mejor esa estampida, que los ajetreos domésticos. Luego opté por ese trajín animal a la mansedumbre de la escuela. Aunque esa elección solo la haya en mi cabeza. Siempre viví lo normal como lo anormal. Lo cotidiano como algo insólito. Para corresponderme, la realidad perdió la cabeza. Y me extravió el corazón por el laberinto de mi padre, él me enseñó las otras puertas de la muerte, por una de ellas entró y salió también mi primer hombre. Por otra, entró y se quedó la escritura. Fue borrón y tinta nueva.

La muerte es una traición, la traición es otra muerte. Solo lo que escribes no te abandona. Yo escribo para que vuelva el amor. Escribo del dolor con alegría, para hacerme más humana. Trabajo, también, con el dolor de los demás. Yo me inventé una profesión a la medida del dolor de los otros. Escribo al revés: comienzo conmigo, voy a ti, termino en la nada. En el camino pierdo lo que fui, gano lo que soy. Es como una caída libre. Primero el abismo, luego vuelo. Las pérdidas son libertades. Yo soy la libertad que me dio la que perdí. Estas palabras llueven. Quizá a alguien le duelan los huesos. A mí me duele salir de mi escondite.