Para nada inocente de Yankilé Hidalgo

Para nada inocente
Yankilé Hidalgo
p.p 73
Col. Flor de Ángel
2017

Comentario del libro Para nada inocente

Por: Juan Suárez P.

¿Qué habría sido de la historia si Ulises jamás hubiera regresado a Ítaca? ¿Se habría dicho de él , acaso, que vagó por los mares hasta encontrar una isla en la cual descansar sus fatigados músculos, recostarse y reposar el corazón ablandado ya como una fruta madura? Ítaca habría sido solo un fragmento del camino, un recuerdo que se expande solamente en las salas amplias de la memoria. Una sombra del árbol que crece en el ahora.

La presencia del ya simbólico Ulises es, en este libro, para nada inocente. Título acertado en este sentido. Pero este símbolo no se presenta de la manera común en la que suele aparecer o ha aparecido en miles de obras anteriores a esta: no es el retorno a Ítaca, el retorno al hogar después de 20 años, el eje central de los poemas de Yankilé Hidalgo. Todo lo contrario. La voz poética renueva el nombre de Ulises porque dialoga con él. Porque es fácil para el lector imaginarla encarándolo, mirándolo fijamente para sentenciar: “Ulises, Ítaca es mundana […] no necesitamos nostalgias para vivir”.

Estos versos, iniciales en el libro, son suficientes para construir una voz sólida y temiblemente certera que va a crear un nuevo mundo a lo largo de este libro. La poeta, Yankilé, es capaz de hablar con Ulises, a través de los años y los mares, para decirle “ya basta”; para decirle que vivir atormentado por una Ítaca que se alza entre olas lejanas es solo una posibilidad; una a la que es tiempo ya de dar nuevos sentidos. Es el primer momento de este poemario: la sal de mares pasados y lejanos invaden estas páginas, estas hojas, nos contagian de su ritmo y su aroma y nos arrastran también a la travesía que la voz poética hace y deshace en cada línea. Los poemas de “Para nada inocente” nos revelan una verdad que pocos poetas se atreven a recalcar con la madurez y la precisión que lo hace Yankilé Hidalgo: el pasado no ha de regresar; es lo que es: un recuerdo, un nombre pronunciado entre ritmos y aromas impregnados en la genética, en la memoria histórica, en las líneas de la mano; es, a lo mucho, una palabra que endulza o saliniza los labios, que seca o humedece la garganta. Y es esta verdad, una verdad que a todos nos lastima.

Pero la riqueza de este libro, de esta voz, es que sabe abrazar al dolor solamente cuando le place, cuando está de humor, cuando se apiada de él. A gritos, en cada página, repite: Ya basta. Ya basta Ulises, ya basta todos, no es necesaria la nostalgia de esa Ítaca para seguir viviendo.

Las calles de Pinar del Río, su olor a “hombre, a hoja de tabaco seco”, toman lugar en los poemas y allí existen. Pero no son la añoranza de la poeta: son su verdad, su historia. Yankilé sabe, como debería saber todo poeta, que el hoy, el instante, ese momento minúsculo en que se respira, es la única certeza, lo único a lo que es posible aferrarse. Sabe que ya no hay tiempo. Que el presente es ese monstruo que acomoda el pasado como piedras sobre las cuales se hace un camino. Pinar del Río no es el lugar hacia el cual se desea el retorno, es una marca, un color, como lo es el ballet en la infnacia, como lo es el humo en casa de la abuela. La voz poética es diáfana en estos poemas porque nos revela la verdad de lo que todos somos. Dice: “he sido de muchos materiales distintos. He sido río, de agua mis párpados. He sido monte, árbol, tal vez el famélico helecho en tu ventana….”

La poeta, con astucia, recoge los guijarros, las pequeñas cosas que hacen una vida, y las junta en el poema: no como objetos de su nostalgia, sino como piezas de la gran fortaleza que la constituye.

Así, la voz poética se instala en un presente que ha construido, se sabe como el ave que ha salido volando y “en cada techo ha hallado una paja, una minúscula paja con la cual hacer un nido”: ha sido su labor, su pájara labor de recolectar y observar, la que la ha solidificado. Y ya no es, entonces, la voz que reclama a Ulises; es ahora la calma, la espera, la paciente mirada de quien ha viajado mucho y ahora se reconoce en una tierra. Allí, el amor crece como crece el césped en un jardín: desordenado e indomable. También, para nada inocente, el amor se muestra en estas páginas como un constante ir y venir, como un juego de presas y depredadores. Yankilé se declara culpable de las pequeñas malicias y dulzuras que el amor conlleva, esas que siempre vienen de la mano como viene el sol ardiente con el frío del viento. Son las bocanadas del amor las que constituyen los múltiples instantes que llegan a consolidar la Patria Nueva. La voz poética es, ahora, Penélope, tejiendo y destejiendo su propia historia, tejiendo y destejiendo el cielo con el que ha de formar su nueva patria, su tierra levantada en el optimismo y la acechanza de amor.

Me sorprende lo completo que es este poemario: como una casa en la cual es posible habitar, y dormir y soñar y alimentarse y olvidar. Con el pasado y la nostalgia anulada, Yanki ha formado el cimiento de sus rocas, ha trazado su suelo. El de todos. Con el amor y los árboles, los aromas, las sencillas existencias, ha levantado una fortaleza y ha fundado la ciudad esperada. Ahora resta consolidar ese mundo para los días venideros. Estos versos cargados de la picardía, de la alegría, la seriedad y la coquetería propias de Yanki (Quienes tenemos el gusto de llamarla amiga lo comprobamos de inmediato), son versos que confiesan un profundo entendimiento de la palabra. Yankilé Hidalgo sabe que las palabras no son el mar que traerá el barco de lo perdido, de lo pasado. Sabe que la poesía no va a traer a cuestas el aroma de Pinar del Río, o el vientre de la madre, o los esbeltos árboles de una isla. Sabe que, al contrario, cada palabra es la invención de un instante, de un presente necesario para vivir. Y que puede bastar con eso. El significante, la palabra, adquiere forma: dice la poeta: “el significante se hizo espacio en la sombra. La imagen se hizo un rostro”. Las palabras, en este libro, forman un espacio, un país, una playa, unas calles, un hogar habitable. Y dan vida a un rostro al cual es posible amar y mirar en busca de tiempo.

Al final del libro Yankilé revela la tercera estancia de esta voz. Ahora soy Circe, dice. Dueña de una isla levantada con sus palabras, invita al amor, al lector, en cada verso, a quedarse. A comprender que, como dice en uno de sus poemas: “habrá un mañana en que todo parecerá nuevo y festejaremos la esencia misma de las cosas”. Que en esta isla, que en cada lectura, así sea.

Selección de poesía:

Ya dejé alguna vez mi casa,
aquella pequeña, blanca, de madera.
Pude dejar mi pijama, no sé cómo pude, a mi perro.
Sin mirar atrás dejé las manos diciendo adiós en un aeropuerto.
Aún no sé cómo pude dejar a una isla más aislada que nunca, una
ciudad en ruinas.
Ya dejé alguna vez mi comida servida sobre la mesa y a una abuela en
la casona que tanto teme cuando se va la luz.
Ya dejé al galope mi infancia, mis libros y los fantasmas de una familia
que agota sus recuerdos.
Estoy entrenada, se supone, para dejar atrás y no volver la mirada.
Y yo que ya lo he intentado todo, no sabría cómo decirte adiós,
de una vez,
con mi voz ni con mis manos.

Simplemente no puedo.

Culpas

Haré los cálculos de las veces
en que los truenos y las alarmas han hecho eco en tu nombre.
Encubriré las horas, las melodías desiertas de sentido
y culparé a los grillos de mi sordera.

Hace frío,
y en esta ciudad, como en la mía, no llega nunca el otoño.
Las hojas no harán ruido al caer
y culparé al viento de la falta de armonía en el silencio.

Amanecerá y culparé también a los pájaros, a todos,
esos que no hacen tanta falta para despertar feliz en las mañanas.

No puedo volver roca mis oídos, sin embargo, me repito
de a poco
que tengo pendiente ubicarte en un eslabón más sombrío de mi
memoria.

Culparé a los árboles, a los ríos, a los saltamontes, a agosto,
a todo lo que haga interferencia en los ecos con los que me miento.

¡Déjame hacer pacto con mi tozudez y te traeré una vez más a mis
nostalgias!
No quiero renunciar a tu voz, al menos no ahora, que la noche está
en calma.

Hoy quiero comprar hilos para tejer mi propia carpa.
Busco un pico que no se detenga ante el justiciero cobarde.
Me saldrán alas porque para eso me he estado preparando,
amamantaré a mis crías con los pechos heridos,
seré árbol, río.

Hoy renuncio a mi especie.

No vale la pena matar
al Dios ni al diablo de nuestras enredaderas.
Menciono a las tres como si fueran una,
las leí como a la misma mujer que renunció
a vivir.

Storni, sendero al mar, sal
Pizarnik, de arrebato, sus alas
Woolf, hechizo, piedras, otra vez el mar.

Mujeres
eran tres.
Una sola
a ratos.

Yankilé Hidalgo

La Habana, Cuba, 1973.

Vive hace más de 20 años en Quito, Ecuador. Es autora de las letras de dos canciones que han sido seleccionadas para representar a Ecuador en Lo Zecchino D´Oro de Bologna Italia, Canzone Indigena 2002 y Verso l´Aurora 2012. La primera reconocida como una de las cincuenta mejores canciones para niños desde 1950 en ese país. Autora de la novela juvenil Nostalgias de un rey sin corona. Es profesora de Lengua y Literatura en la ciudad de Quito.