Territorio del río de Rodolfo Salazar Ledesma

Territorio del río
Rodolfo Salazar Ledesma
Col. Líneas
p.p 208
2017

UN GPS PARA TERRITORIO DEL RÍO

Todo es poesía
menos la poesía

                                NICANOR PARRA

 

Territorio del río reúne en orden cronológico varias obras del escritor guayaquileño Rodolfo Salazar Ledesma, (nacido, no en vano, en ese emblemático año de 1968), quien, fiel a su oficio, ha diseñado a lo largo de los años una convincente hoja de ruta a través de la enmarañada y a la vez desértica selva de la literatura ecuatoriana. La trayectoria literaria de Salazar Ledesma, heredero de una insoslayable vocación familiar hacia el arte, se asemeja a un persistente río que va ganando cada vez más terreno en la historia de nuestras letras; aportando, como ya lo he anotado en comentarios anteriores, un elemento clave que ha sido subvalorado por el resto de escritores: me refiero al HUMOR. Y cuando me refiero al humor es imprescindible hablar también de una crítica social mordaz, pero no por ello carente de lírica, y que constituye otro de los ejes fundamentales en la obra de Salazar Ledesma. Cabe recalcar que de esa feliz aleación de crítica y humor nace su vinculación con una de las consignas mayores de aquel histórico mayo del 68 que consistía en llevar, por medio de la rebeldía y el arte, la IMAGINACIÓN al poder. Esto podemos verificarlo de manera diáfana en una suerte de poética cubista de la cual hace gala Salazar Ledesma, quien, gracias a un ingenioso y audaz juego de palabras, explora los “ilimitados límites” del lenguaje, mostrándonos simultáneamente los diferentes rostros de cada poema como si de un caleidoscopio semántico se tratase.

En este punto, mencionemos a esos “enfants terribles” que (como el Virgilio al Dante) de seguro han ayudado a este escritor guayaco a forjar su estilo; es decir, a encontrar una fórmula (¿un arma?) eficaz para decodificar el mundo que lo rodea y así convertirse, al igual que el iconoclasta Pedro Juan Gutiérrez, en ese “animal tropical” que acecha en cada esquina de su caótica urbe. Entonces, no está por demás rememorar al irónico Mark Twain, al tremendo Rabelais, al satírico Quevedo, al ingenioso Ramón Gómez de la Serna, (“Territorio del río” está sembrado o mejor dicho minado de greguerías), al pertinaz Camilo José Cela (tan olvidado estos últimos tiempos), al entrañable cronopio Julio Cortázar, a los musicales Alejo Carpentier y Cabrera Infante, al antipoeta Nicanor Parra, al sorprendente Juan José Arreola, al simpático Antonio Cisneros; y entre los ecuatorianos debemos nombrar al vanguardista Hugo Mayo y al poeta en bicicleta Raúl Arias… (lástima que sean tan pocos).

Los libros de prosa y poesía que forman la presente obra son: Mis zapatos, venus, el sol y otros escritos de la noche; Greguerías con agregados; Los marginales; El falso mito del apache, Últimas noticias del Edén, ¡Diodati, idiota! y Caracolas, cacerolas y otras batallas. Estos libros constituyen los afluentes del río creativo de Salazar Ledesma que, al igual que el otro río (el Guayas), sigue fluyendo y guardando en sus recuerdos, además de las horas del día, un sinnúmero de versos, rumores, historias, chistes, fantasmas, sueños, anécdotas, personajes reales y ficticios, muchachas hermosas (negras, blancas, cholas), escenas de la vida cotidiana; en definitiva, todos los afanes de la gente y su diario trajinar. Por eso, qué sería de las ciudades y del mundo sin esos cronistas de los sueños que son los poetas y cantores populares; sin esos guardianes del mito; sin esos cronopios a quienes les encanta perseguir chicas con un puñado de poemas en los labios; sin esos soñadores de libros y navíos que siembran flores en medio del asfalto y que en definitiva hacen más colorida nuestra existencia. Ya lo decía el viejo Hölderlin: “Pleno de méritos, pero es poéticamente cómo el hombre habita este planeta”.

Para concluir estas breves reflexiones, invito a todos los amigos lectores a explorar este Territorio del río, a jugar con las pulidas y brillantes piedras de sus versos, a enterrar los pies en el légamo del lenguaje hasta adentrarnos en sus cálidas aguas, dejando que esas delirantes imágenes que pasan por sus páginas se nos tatúen en la piel de la memoria; porque, como bien sabemos, nadie se puede bañar dos veces en el mismo río, o ¿sí?.

Carlos Garzón Noboa 

 

Selección de poesía

Desde niño soñó ser de la banda Timbiriche,
enamorado de Paulina Rubio y de Thalia,
turbio y echo un lío se creía Eduardo Capetillo
aunque a la Bibí Gaitán -él todo un galánla
veía demasiado morocha.
Ahora adulto, panzón de tanta borrachera
parece un trapiche que devora un ceviche
para recuperarse de la mala noche,
echo un trapo y con ademanes de Ché
en la cancha tiene su caché:
zapatos rojos, polines verdes,
short anaranjado y camiseta amarilla
dice “soy tan guapo como Casilla”.
De lunes a sábado pasa sentado en una silla
y el domingo se viste de flamingo,
sus piernas flacas y vientre prominente,
en la espalda el número nueve
aunque todos los días vista ropa deportiva
y viva pendiente del futbol,
“Evo” o “Bolivia” como le gritan los de su tribu
se proclama “hombre gol”
y que se conserva en alcohol;
él, crisol de razas, es genio y figura de
El falso mito del apache.

Doctos

Con ira atendía, poco entendía: un párrafo de una ley NO comprendía.

En su consultorio se leía: “especialisado en argentina”.
Junto a un dibujo de un suero, cero notorio y su cerebro,
cualquiera podía verlo en un frasco sobre su escritorio
constaba un balón y como mantel la bandera de un equipo.

Vestían la camiseta del plantel, él y su perro llamado pipo
(de raza a diferencia del propietario, con perenne mala traza)
a la de él la cubría un mandil.

Asumía una voz ronca para pronosticar el resultado
de la próxima fecha del campeonato siempre acertado
a diferencia de equivocaciones en operaciones, prescripciones,
como receta para un dolor de muela a una abuela
sin dentadura; con cara dura, jura que puede cerrar una sutura
con los ojos vendados. Bandidos como él pocos,
por eso ya sus hijos están siguiendo sus pasos.

Sus sesos

Van con un paso adelante
eso sí, con el pie torcido
nada lo hacen de frente
y se acompañan de ruido.

Avanzan…en su vía un barranco,
al fin de la hora de confites
es seguro que darán ese tranco
los que hoy asoman referentes

alabados por solícitos acólitos
se exhiben con orgullo, contentos
en este día, su tiempo, son ejemplo
mañana sabremos de su periplo.

El loco de la isla

Yo en territorio firme:
mancuernas, máquinas y cada dos horas algo de comer,
bajando y levantando el peso
teniendo siempre presente como ubico los pies,
a la distancia correcta y en una adecuada marca de calzado,
mis zapatos bien puestos en el presente
–cansado-,
así semanas,
meses,
años,
de pronto aparece La isla al mediodía
y luego los conejos por todos lados,
los dulces de Circe,
La casa tomada,
todo en un ejemplar Salvat que me salva de la rutina
y empiezo en las bellas palabras de Ana María Matute
de esos seres verdes –ahora tan queridos y tan yo-.

Y esa isla al mediodía se convierte en tesoro,
en el Jazz, la señorita Cora.
Y ese libro, me abre un mundo,
como a Marini, la ventana del avión una isla
en que todo pierde su peso
y sus pasajeros y la rutina pronto serán cosa del pasado;
luego alguien me empieza a decir cronopio.